
Durante décadas, el espacio fue una frontera distante, reservada a las grandes potencias y alimentada por sueños de ciencia ficción. Sin embargo, algo ha cambiado de forma radical. El cosmos, antaño inalcanzable para la mayoría, se ha convertido en un terreno fértil para la innovación, el emprendimiento y la inversión. Lo que antes era dominio exclusivo de programas gubernamentales, hoy empieza a parecerse a un nuevo ecosistema económico global. Para navegar esta transformación, To Infinity: The New Space Economy & How You Can Participate, de Raphael Roettgen, se presenta como una brújula esencial.
Roettgen no es un teórico aislado: es inversor de capital riesgo centrado en el sector espacial y profesor en la International Space University. Su experiencia le permite trazar un mapa claro, accesible y riguroso de un universo complejo, convirtiéndolo en un libro especialmente valioso para quienes quieran entender el “cómo” y el “por qué” del renacimiento espacial. Desde emprendedores hasta ciudadanos curiosos, todos pueden encontrar claves y caminos para sumarse a esta nueva carrera.
Una nueva era: del monopolio estatal al ecosistema abierto
Uno de los grandes aciertos del libro es su punto de partida: explicar por qué, después de tantos años de estancamiento, estamos viviendo un auge sin precedentes en el desarrollo espacial. Durante buena parte del siglo XX, las actividades en el espacio eran prohibitivamente caras, arriesgadas y lentas. Cada cohete era de un solo uso, cada satélite un experimento aislado, y todo ello dependía de presupuestos públicos colosales.
Ese escenario cambió gracias a tres factores fundamentales que, al converger, dinamitaron las barreras de entrada y abrieron la puerta a un modelo radicalmente distinto.
La reutilización de cohetes, impulsada por SpaceX y replicada por nuevos actores, ha supuesto una revolución comparable a pasar de tirar un avión tras cada vuelo a tener una flota comercial con mantenimiento rutinario. Esta innovación no solo reduce el coste por kilogramo lanzado a órbita, sino que democratiza el acceso al espacio.
El segundo cambio se da en los propios satélites. La miniaturización ha transformado lo que antes era una caja del tamaño de una furgoneta en pequeños dispositivos modulares, como los CubeSats, que caben en una mochila. Gracias a la estandarización, universidades, startups y gobiernos pequeños pueden desplegar misiones científicas, comerciales o humanitarias sin necesidad de décadas de planificación.
El tercer pilar es la irrupción del capital privado. Fondos de inversión, business angels y fondos de capital riesgo han comenzado a ver el espacio como un sector con alto potencial de retorno, lo que ha multiplicado el número de startups, aceleradoras y nuevas iniciativas bajo el paraguas de lo que Roettgen llama “NewSpace”.
Estos tres motores han creado un círculo virtuoso: más lanzamientos generan más datos; más datos abren nuevas oportunidades de negocio; y más negocios atraen mayor inversión. La economía espacial ya no es un experimento, sino un sistema en expansión.
El entramado de la nueva economía espacial
El libro no se queda en las causas del cambio. A través de una estructura clara y accesible, Roettgen disecciona los principales componentes del nuevo ecosistema espacial, desde los más consolidados hasta los emergentes.
Los servicios de lanzamiento son el punto de partida. Sin acceso fiable y asequible a la órbita baja, ningún otro sector podría desarrollarse. Aquí encontramos desde grandes lanzadores reutilizables hasta microlanzadores especializados en cargas ligeras. La competencia global entre empresas como SpaceX, Rocket Lab o Arianespace está impulsando no solo la eficiencia, sino también la innovación.
Una vez en órbita, los satélites constituyen los nodos esenciales de la actividad espacial. Roettgen dedica especial atención a tres aplicaciones que ya están transformando industrias enteras.
Por un lado, las comunicaciones globales están siendo redefinidas por megaconstelaciones como Starlink, OneWeb o Kuiper, que buscan cubrir cada rincón del planeta con acceso a internet. Para millones de personas en zonas rurales o desconectadas, esta tecnología representa una vía directa hacia la inclusión digital.
En segundo lugar, la observación de la Tierra se ha convertido en una herramienta clave para la gestión del planeta. Imágenes satelitales permiten monitorizar cultivos, vigilar incendios, controlar la deforestación o planificar ciudades. Estos datos, antes reservados a agencias de inteligencia, ahora están disponibles para agricultores, aseguradoras, ONGs y gobiernos locales.
El tercer eje es el posicionamiento y la temporización. Los sistemas PNT (Posicionamiento, Navegación y Tiempo) son la columna vertebral invisible de la economía moderna. Desde los pagos digitales hasta los vehículos autónomos, pasando por la logística global, gran parte de nuestras infraestructuras dependen de señales precisas y fiables provenientes del espacio.
Aunque muchas veces pasa desapercibida, la infraestructura terrestre es igualmente crucial. Estaciones de seguimiento, centros de procesamiento de datos, plataformas de análisis y redes de distribución son responsables de transformar las señales en conocimiento útil. Sin esta capa, los satélites no tendrían impacto real.
Lo que se está gestando: apuestas de futuro
Roettgen también explora áreas emergentes que prometen cambiar las reglas del juego en los próximos años. Algunas de estas tecnologías ya están en fase de prueba, otras apenas asoman, pero todas tienen en común su potencial disruptivo.
Una de ellas es la fabricación y mantenimiento en órbita. Las capacidades para reparar, reabastecer o ensamblar estructuras directamente en el espacio abren la puerta a infraestructuras orbitales más duraderas, modulares y complejas. Esto podría reducir la necesidad de lanzamientos constantes y mejorar la sostenibilidad operativa del ecosistema espacial.
También está la posibilidad de utilizar recursos in situ. La extracción de hielo en la Luna, la obtención de metales en asteroides o el uso de regolito para construir hábitats espaciales forman parte de la lógica de “vivir de lo que hay en el entorno”. Aunque aún estamos lejos de ver estas prácticas a escala, ya existen misiones diseñadas para explorar su viabilidad.
Otro frente es el turismo espacial. Si bien por ahora es un lujo para millonarios, Roettgen plantea que su desarrollo gradual podría tener un impacto cultural profundo. La experiencia de ver la Tierra desde fuera —el llamado «overview effect»— tiene el poder de transformar la perspectiva individual y colectiva sobre nuestro lugar en el universo.
El impacto aquí abajo
Uno de los mensajes más poderosos del libro es que la economía espacial no se queda en la estratosfera. Sus efectos se sienten ya en la Tierra, especialmente en la forma en que enfrentamos grandes desafíos globales.
En la lucha contra el cambio climático, los satélites juegan un papel clave. Permiten detectar emisiones de gases de efecto invernadero, seguir la evolución de los glaciares o controlar la deforestación ilegal. Esta información es esencial tanto para la acción política como para la rendición de cuentas.
En el ámbito agrícola y ambiental, las herramientas de observación permiten implementar técnicas de agricultura de precisión que optimizan el uso del agua, fertilizantes y pesticidas, al tiempo que minimizan el impacto sobre los ecosistemas. También ayudan a proteger la biodiversidad y combatir prácticas ilegales como la pesca o la tala sin control.
La conectividad que ofrecen los satélites tiene un valor profundo en términos de equidad: abrir internet a zonas remotas no solo conecta a las personas, sino que activa mecanismos de desarrollo económico, educativo y sanitario.
Además, en situaciones de emergencia, los datos satelitales pueden marcar la diferencia entre una respuesta rápida y el caos. Al ofrecer imágenes en tiempo real, permiten a los equipos de rescate planificar rutas, evaluar daños y coordinar ayuda incluso cuando la infraestructura terrestre ha colapsado.
Desde un punto de vista económico, la economía espacial actúa como motor de crecimiento: crea nuevos empleos cualificados, incentiva la investigación científica y tecnológica, y derrama beneficios sobre sectores tan variados como la energía, el transporte o la ciberseguridad.
¿Y cómo participar?
Roettgen no se limita a describir el fenómeno: también explora cómo cualquier persona puede formar parte de él.
Para los inversores, existen desde oportunidades en capital riesgo hasta ETFs especializados en el sector. Aunque es un campo aún volátil y con riesgos tecnológicos, también ofrece retornos potenciales elevados en áreas en crecimiento exponencial.
Los emprendedores encontrarán un ecosistema aún en construcción, con huecos de mercado y posibilidades para aplicar enfoques ágiles. No hace falta fabricar cohetes: hay espacio para soluciones de software, análisis de datos, automatización, logística o educación espacial.
Profesionales de perfiles técnicos y no técnicos —ingenieros, juristas, expertos en marketing, gestores de proyectos— tienen ante sí un campo fértil que irá necesitando más talento a medida que el sector madure.
Y para el público general, informarse, apoyar políticas de desarrollo responsable, participar en debates y fomentar la alfabetización espacial son formas legítimas y valiosas de implicarse.
Mirando hacia el futuro: retos en el horizonte
Por supuesto, no todo es crecimiento y oportunidad. Roettgen dedica espacio a los desafíos que acompañan esta expansión acelerada.
Uno de los más urgentes es la gestión de la basura espacial. Miles de objetos en órbita representan un peligro real para satélites activos y misiones tripuladas. La regulación del tráfico orbital y las soluciones tecnológicas para eliminar residuos son temas prioritarios.
También hay un desfase evidente entre el marco legal actual —nacido durante la Guerra Fría— y la diversidad de actores y actividades que existen hoy. Se necesitan normas más claras, ágiles y globalmente consensuadas para evitar conflictos y fomentar una competencia justa.
Y finalmente, hay preguntas éticas que no pueden ignorarse: ¿a quién pertenecen los recursos del espacio? ¿Cómo garantizar el uso pacífico y equitativo del cosmos? ¿Qué responsabilidades conlleva establecer presencia humana más allá de la Tierra?
Una obra que abre el horizonte
To Infinity no es solo una guía para invertir en el espacio. Es una invitación a mirar el mundo —y más allá— desde una perspectiva nueva. Con un estilo claro y accesible, Roettgen logra traducir un tema complejo en una narrativa fascinante, útil tanto para especialistas como para lectores no iniciados.
Más que alimentar sueños de ciencia ficción, el libro aterriza ideas y muestra cómo la economía espacial ya está transformando nuestras vidas, incluso si no somos conscientes de ello. En sus páginas se vislumbra un futuro en el que el ingenio humano vuelve a desplegarse, esta vez mirando a las estrellas, pero con los pies bien plantados en la Tierra.