Durante años repetimos casi de memoria el mantra de la globalización: más comercio, más interdependencia, más paz. Hoy suena casi ingenuo. Entre sanciones financieras, guerras de chips, bloqueos de materias primas y batallas por los estándares tecnológicos, la sensación es otra: la economía se ha convertido en un campo de batalla a cielo abierto.

Ese es, precisamente, el punto de partida de The World at Economic War: How to Rebuild Security in a Weaponized Global Economy, de Rebecca Harding. El libro parte de una idea incómoda: no es solo que los estados utilicen instrumentos económicos como armas; es que la propia arquitectura económica global está “en guerra”, porque las instituciones que la sustentaban han perdido legitimidad y capacidad para estabilizar nada. En otras palabras: seguimos gestionando una economía de guerra con instituciones pensadas para la posguerra.

Harding no escribe desde la torre de marfil. Lleva años analizando cómo el comercio internacional, las cadenas de suministro y la financiación se han ido convirtiendo en instrumentos de poder duro. Antes ya había alertado, en trabajos anteriores, de que el comercio estaba dejando de ser un terreno “técnico” para convertirse en una extensión de la rivalidad entre bloques.

En este libro el diagnóstico se amplía: las instituciones surgidas tras 1945 están cuestionadas, bloqueadas o directamente ignoradas cuando estorban; las “reglas del juego” del comercio abierto se han ido diluyendo en una cascada de sanciones, aranceles, controles a la inversión y vetos tecnológicos; y la digitalización financiera ha acelerado la capacidad de usar pagos, bancos y sistemas de compensación como palancas de coerción.

Interdependencia armada: cuando el nodo crítico se convierte en arma

Este giro encaja muy bien con el concepto de interdependencia armada: los nodos centrales de las redes globales –sistemas de pagos, plataformas tecnológicas, infraestructuras de datos, hubs logísticos– se utilizan para vigilar, castigar o excluir a países enteros.

Lo que antes sonaba a “dependemos unos de otros, así que nos conviene cooperar” se ha convertido en un “dependes de mí, así que puedo apretar donde más duele”. Ya no hablamos de globalización como un escenario win–win, sino de una red llena de cuellos de botella, donde cada nodo crítico es, en potencia, un arma geopolítica.

Ahí es donde el libro resulta especialmente útil: pone nombres y ejemplos a algo que ya intuimos, pero que seguimos tratando como si fueran “incidencias” aisladas y no síntomas de un cambio de fase.

Finanzas, comercio y datos: los frentes de la guerra económica

El libro recorre varios de los frentes donde esa guerra económica es más visible.

El primero, quizá el más evidente, son las finanzas y los sistemas de pago. Las sanciones financieras ya no son medidas excepcionales reservadas a momentos extremos: se han convertido en la herramienta por defecto. Quedar fuera de SWIFT, ver congeladas reservas en dólares o perder acceso a bancos corresponsales equivale, en la práctica, a ser expulsado del sistema circulatorio de la economía global.

La digitalización multiplica la velocidad y el alcance de ese poder: detectar patrones, trazar transacciones, bloquear flujos. Como reacción, otros bloques intentan construir sistemas alternativos de pago y compensación, reducir su dependencia del dólar, levantar redes paralelas de infraestructuras críticas. Pero no es una tarea fácil. Construir un nuevo centro de gravedad financiero o tecnológico no se hace con un comunicado de prensa, y mientras tanto la asimetría de poder se mantiene.

El segundo frente es el del comercio, la logística y las cadenas de suministro. Durante décadas optimizamos el sistema para el coste mínimo y la eficiencia just in time. Ahora releemos esas mismas cadenas como posibles vectores de chantaje. El gas ruso hacia Europa, los minerales críticos controlados por China, los semiconductores avanzados concentrados en Taiwán, las rutas marítimas que pasan por unos pocos estrechos vulnerables… Cada eslabón se vuelve estratégico.

Y lo grave es que no hablamos de productos marginales, sino de energía, chips, fertilizantes, componentes industriales sin los cuales una economía se para.

El management ante el espejo: del coste mínimo al riesgo existencial

Si bajas ese análisis al nivel de empresa, la foto es todavía más delicada. Muchas compañías han construido su ventaja competitiva sobre optimizaciones de coste y eficiencia en proveedores, sin incorporar casi nada de análisis geopolítico. En un mundo donde una decisión política a miles de kilómetros puede cortarte el suministro durante meses, eso ya no es un “riesgo residual”: es un riesgo existencial.

The World at Economic War funciona también como una colleja a cierto management complaciente que sigue viendo la globalización como un decorado estático. Es cómodo pensar que lo único que importa es el Excel de costes. Es mucho menos cómodo preguntarse qué pasa si tu proveedor estrella queda atrapado en una guerra de sanciones, o si el puerto por el que entra tu mercancía se convierte en chokepoint.

El tercer frente, inevitable, es la capa digital: datos, estándares y plataformas. Harding habla de infraestructuras cloud, cables submarinos, satélites, plataformas de pago, redes sociales… Cada una de estas capas crea espacios donde quien controla el nodo central puede excluir, imponer estándares o acceder a información privilegiada.

La geopolítica de la nube, la guerra por los estándares de 5G o la batalla de los chips avanzados son solo las piezas más visibles de esa pelea por el control de los nodos. Detrás hay una pregunta incómoda: ¿quién manda, de verdad, sobre las infraestructuras que sostienen la economía digital?

Instituciones de paz, economía de guerra

Debajo de todo esto aparece el gran desajuste del que habla el libro: seguimos usando instituciones de paz en una economía de guerra.

El FMI, el Banco Mundial, la OMC y otros organismos nacieron para gestionar crisis cíclicas y favorecer la integración económica en un contexto, con todos sus matices, de hegemonía relativamente clara y voluntad de evitar el desastre de entreguerras. Hoy el contexto es otro: rivalidad estructural entre grandes potencias, guerras regionales, crisis climática, desconfianza en lo multilateral. Y, sin embargo, la caja de herramientas institucional es casi la misma.

Harding señala la paradoja con bastante crudeza. Durante años, muchos países han recortado presupuestos de defensa y capacidades de seguridad porque “la globalización ya hacía el trabajo” de estabilizar. Mientras tanto, esa misma globalización generaba dependencias cruzadas que ahora se utilizan como armas, dejando a los estados con poco margen fiscal y político para reforzar su resiliencia.

Intentamos apagar incendios geopolíticos con mangueras diseñadas para pequeños fuegos económicos. Y luego nos sorprendemos cuando no llegan.

Recentrar la seguridad económica

De ahí el subtítulo del libro: How to Rebuild Security in a Weaponized Global Economy.

No basta con estudiar la economic statecraft, el uso táctico de herramientas económicas para hacer política exterior. Hay que colocar la seguridad económica en el centro de la estrategia, tanto nacional como empresarial. Y eso empieza, según Harding, por redefinir qué entendemos por riesgo.

Durante décadas lo hemos medido sobre todo en clave financiera: volatilidad, tipos de interés, ratings, spreads. Hoy habría que integrar, de forma sistemática, riesgos de interrupción de suministro por decisiones políticas, dependencias excesivas de un solo proveedor o ruta, vulnerabilidades en sistemas de pago, concentración tecnológica en manos de muy pocos actores.

La buena noticia es que la alternativa no es la autarquía. Harding no defiende levantar murallas ni desconectarse del mundo. La idea va más por la línea del de-risking: reducir vulnerabilidades críticas sin romper por completo la interdependencia que nos ha traído décadas de prosperidad.

Eso implica diversificar proveedores y rutas, introducir redundancias razonables en eslabones estratégicos, desarrollar capacidades mínimas nacionales o de bloque en ámbitos clave (energía, chips, datos, ciberseguridad) y pensar los acuerdos comerciales no solo en términos de aranceles, sino de resiliencia compartida.

Instituciones y reglas: el multilateralismo ya no basta

Otra pata del libro es la institucional. No basta con pedir “más multilateralismo” en abstracto. Harding viene a decir que las reglas y las instituciones actuales ya no dan la talla para arbitrar disputas comerciales cuando las grandes potencias ignoran los laudos, gobernar sistemas globales de pago que se usan como arma o coordinar respuestas ante bloqueos tecnológicos.

No ofrece un nuevo Bretton Woods empaquetado en tres puntos, pero sí la exigencia de dejar de fingir que con pequeños retoques basta. O repensamos el marco, o nos limitaremos a gestionar daños caso a caso, siempre corriendo detrás de los acontecimientos.

Europa, siempre reaccionando tarde

Leído desde Europa, The World at Economic War encaja con el giro reciente hacia la seguridad económica: controles de inversión extranjera, restricciones a ciertas exportaciones, alertas sobre dependencias críticas. El problema es que, como casi siempre, vamos por detrás del problema.

Reaccionamos caso a caso, crisis a crisis, en lugar de articular una estrategia clara de qué queremos proteger, con quién queremos compartir riesgos y dónde podemos permitirnos seguir dependiendo de terceros. Europa no puede limitarse a ser mercado y regulador; tiene que pensarse como actor estratégico también en lo económico.

En ese terreno, el libro también habla a las empresas, aunque no sea un manual de gestión al uso. Si tu mapa de riesgos sigue centrado en demanda, costes financieros y competencia directa, vas tarde. Incorporar la geopolítica a la planificación estratégica deja de ser una excentricidad de consultor para convertirse en condición de supervivencia.

Hacer stress tests de cadenas de suministro ante escenarios de sanciones o bloqueos, revisar dependencias de sistemas de pago o proveedores tecnológicos que son punto único de fallo, pensar alianzas no solo por sinergias comerciales sino por resiliencia conjunta… todo eso empieza a formar parte del ABC de cualquier consejo mínimamente responsable.

Un marco incómodo, pero necesario

Una de las cosas que más me ha interesado del libro es que no cae en el catastrofismo fácil. El diagnóstico es duro, pero Harding insiste en que todavía hay margen para reconstruir seguridad si aceptamos dos ideas básicas: que la economía ha dejado de ser un terreno neutral y que la seguridad económica es ya un bien público tan central como la seguridad física.

A partir de ahí, el libro funciona como invitación a replantear inercias. Para los responsables políticos, dejar de fingir que basta con “más comercio” para rebajar tensiones. Para los organismos internacionales, asumir que quizá sus mandatos actuales no sirven para la guerra económica que tienen delante. Y para las empresas, entender que “hacer negocios como siempre” en un mundo de interdependencias armadas es, en realidad, una apuesta bastante arriesgada.

The World at Economic War no ofrece recetas mágicas ni eslóganes motivacionales. Lo que sí ofrece es un marco para leer lo que está pasando: mirar la globalización no desde el mito del win–win, sino desde la anatomía de poder que ha generado.

A partir de ahí, nos toca a cada uno –políticos, directivos, ciudadanos– decidir si queremos seguir pensando con categorías de paz en un mundo que se comporta, cada vez más, como si estuviera en guerra económica permanente. Como mínimo, conviene ser conscientes de la apuesta que estamos haciendo.