“Ahorrar ya no sirve”. La frase se ha vuelto tan común que ha perdido fuerza. Lyn Alden hace lo contrario en su libro Dinero roto (título original Broken Money): le devuelve el filo, pero sin dramatismo. Su propuesta es directa y difícil de digerir: el problema no es que vivamos una época “de inflación” o “de crisis”. Es que el dinero, como tecnología social, está funcionando peor de lo que creemos.

Alden no entra por la puerta de la opinión política —ni “el mercado es el culpable” ni “el Estado es el culpable”—. Entra por la puerta del diseño. Y eso cambia el debate, porque te obliga a mirar el sistema monetario como mirarías cualquier infraestructura: una red eléctrica, una autopista, un protocolo de Internet. Cuando una infraestructura está mal diseñada o se ha quedado pequeña, la vida cotidiana se vuelve más cara, más frágil, más injusta… sin que nadie haya tomado una decisión particularmente malvada.
La ambición del libro está clara: que dejemos de tratar el dinero como algo “natural” (o inevitable) y lo entendamos como un sistema construido, con capas, reglas y efectos secundarios.
El dinero no es “una cosa”: es una red
Alden insiste: el dinero no es solo billetes y números en una app. El dinero es una forma de coordinar valor a través del tiempo y el espacio.
- Si hoy trabajo y me pagan, ese dinero debería permitirme trasladar parte de ese esfuerzo al futuro (ahorro).
- Si quiero comprar algo a alguien que está lejos, el dinero traslada valor a través del espacio (pagos).
- Si invierto, el dinero es el puente entre el presente y un futuro productivo.
En la práctica, el dinero es un sistema de “mensajería” y “contabilidad” que permite que millones de personas cooperen sin conocerse. Por eso Alden insiste en verlo como tecnología: es un mecanismo de coordinación.
Aquí aparece el primer punto incómodo: cuando una tecnología de coordinación falla, sus fallos no se notan como un “apagón” único. Se notan como un goteo: fricciones, precios que suben más rápido que salarios, sensación de correr sin avanzar, decisiones vitales cada vez más condicionadas por la incertidumbre.
De oro a deuda: lo que ganamos, lo que perdimos
Alden recorre la historia monetaria con una idea de fondo: cada sistema monetario resuelve un problema y crea otro.
El oro (o el dinero mercancía) tenía una virtud: era difícil de “fabricar” de la nada. Eso le daba disciplina al sistema. Pero también tenía límites brutales: poca elasticidad, dependencia de la minería, dificultad para operar a escala global sin fricciones enormes, y un historial de crisis bancarias cuando el crédito crecía por encima del metal disponible.
Los sistemas fiduciarios modernos, en cambio, aportaron elasticidad: el sistema puede expandir liquidez en crisis, financiar guerras, sostener el crédito, estabilizar bancos, acomodar el crecimiento. Pero esa elasticidad tiene un coste: si el dinero puede expandirse con facilidad, la pregunta ya no es “¿se expandirá?”, sino “¿a qué ritmo, bajo qué incentivos y con qué consecuencias distributivas?”
El libro no idealiza el pasado ni romantiza el oro. Señala el trade-off: la flexibilidad resuelve problemas a corto plazo, pero debilita la promesa del ahorro a largo plazo si el sistema no tiene anclas creíbles.
El punto ciego: el dinero entra al sistema de forma desigual
El libro resulta especialmente relevante para entender por qué la conversación pública sobre desigualdad suele quedarse corta. Alden insiste en algo que muchos economistas han descrito durante siglos (a veces bajo el nombre de “efecto Cantillon”): no importa solo cuánto dinero se crea; importa quién lo recibe primero.
En un sistema moderno, la nueva liquidez entra sobre todo por canales financieros: Estado, bancos, mercados de crédito, grandes actores con acceso a financiación barata. Eso no significa que haya un plan secreto. Significa que así funciona la tubería.
¿Qué efectos provoca esto?
Los activos tienden a inflarse antes que los salarios. Vivienda, bolsa, suelo, infraestructuras, ciertos bienes escasos… se recalientan porque quienes reciben el dinero primero compran y apalancan activos.
Los salarios “llegan tarde”. Cuando el impacto alcanza la economía cotidiana, el coste de la vida ya ha cambiado, y el ajuste salarial suele ir por detrás.
El ahorro en moneda se vuelve una apuesta. Si el dinero pierde poder adquisitivo mientras el precio de los activos sube, el ahorrador disciplinado puede acabar peor que quien se endeudó para comprar un activo.
Alden no vende esto como una “injusticia moral” (aunque se puede discutir en ese plano). Lo presenta como un resultado mecánico de diseño: la asimetría está incorporada en el sistema.
Y esto conecta con la experiencia cotidiana: puedes hacer las cosas “bien” (trabajar, ahorrar, no endeudarte) y aun así sentir que el suelo se desplaza bajo tus pies.
El gran cambio cultural: de ahorrar a “invertir por obligación”
En una economía donde el dinero fuera una reserva razonablemente fiable, ahorrar sería una virtud simple: guardar hoy para estar mejor mañana. Pero si el dinero se deteriora, aparece una presión social y psicológica muy particular: la obligación de asumir riesgo.
Lo vemos por todas partes:
- La vivienda como “inversión” más que como hogar.
- La bolsa como refugio no por ambición, sino por supervivencia patrimonial.
- La obsesión por “estar invertido” incluso cuando no se entiende el riesgo.
- La angustia de quedarse fuera, no por codicia, sino por miedo.
Alden lo formula con frialdad, pero el efecto es humano: el sistema empuja a millones de personas a convertirse en gestores de cartera a tiempo parcial. Y eso tiene un coste invisible: estrés financiero crónico y dependencia de mercados cada vez más complejos.
El mensaje “solo ahorrar ya no funciona” no es un eslogan. Es una señal de que la infraestructura monetaria ya no está cumpliendo una de sus funciones básicas: permitir estabilidad sin exigir sofisticación financiera.
Inflación: el síntoma más visible, no el problema completo
Una lectura superficial del libro podría quedarse en “Alden dice que hay inflación”. Pero el libro va por otro lado: la inflación es un síntoma, a veces tardío, de un problema más estructural.
La clave es que la inflación relevante no es solo la del IPC. Es también la inflación de activos, la inflación del coste de acceso a la vida adulta (vivienda, educación, salud en algunos países), la inflación del precio del “futuro”.
Dicho de forma más directa: el futuro se ha encarecido.
Si para asegurar un mínimo de estabilidad necesitas exposición a activos, endeudarte para comprar vivienda, maximizar rendimiento… entonces la vida se vuelve más frágil. No porque la gente sea irresponsable, sino porque el sistema convierte la prudencia en insuficiente.
El tablero geopolítico: el dinero también es poder
Otro punto fuerte del libro es que saca el dinero del ámbito doméstico y lo coloca en su lugar real: una capa geopolítica.
Alden explica cómo el sistema monetario global —con el dólar como eje— no es solo “la moneda de Estados Unidos”, sino una red mundial de crédito, reservas, deuda y comercio. En ese contexto, los países no compiten solo con industria o tecnología. Compiten con infraestructuras monetarias: capacidad de financiarse, de liquidar pagos, de acceder a dólares, de resistir sanciones, de sostener importaciones energéticas.
Esto ayuda a entender por qué, incluso cuando un país quiere “ser disciplinado”, puede quedar atrapado en un sistema de dependencia monetaria. Y también ayuda a entender por qué aparecen experimentos: acuerdos bilaterales, sistemas alternativos de pagos, acumulación de oro por algunos bancos centrales, stablecoins, Bitcoin como activo de reserva en casos puntuales.
Alden no afirma que el dólar “vaya a caer mañana”. Plantea algo más serio: el sistema actual genera tensiones acumulativas, y esas tensiones empujan a una parte del mundo a buscar opciones.
Entonces… ¿qué significa “dinero roto”?
Aquí está el corazón del libro, y conviene expresarlo con claridad:
El dinero está “roto” cuando deja de ser un buen medio para almacenar valor en el tiempo para la mayoría, y cuando esa pérdida no es un accidente sino una consecuencia del diseño.
No es un juicio moral. Es un diagnóstico funcional.
Si el dinero es una tecnología de coordinación, un dinero roto coordina mal. ¿Cómo se nota?
- Distorsiona decisiones: invertir en vivienda por miedo, no por necesidad.
- Aumenta la dependencia del crédito.
- Premia la cercanía a los canales de financiación.
- Castiga la espera paciente del ahorrador.
- Genera tensiones sociales porque cambia las reglas sin declararlo.
Y quizá lo más importante: hace que la gente pierda confianza en el futuro, aunque el sistema, en términos macro, “aguante”.
¿Propone soluciones? Sí, pero sin promesas de milagros
Esta parte me gusta porque Alden no cae en el vicio de “aquí está la receta definitiva”. Su propuesta es más realista: entender que no vamos hacia un único dinero perfecto, sino hacia un mundo de múltiples capas monetarias.
En su marco, podríamos convivir (y ya convivimos) con:
- Dinero estatal y su infraestructura (bancos centrales, bancos comerciales, regulación).
- Redes privadas de pago (tarjetas, procesadores, apps).
- Dólares “fuera” de EE. UU. y redes globales de crédito.
- Activos escasos que compiten como reserva de valor (oro, ciertos commodities, y sí, Bitcoin como experimento).
- Stablecoins y sistemas híbridos (privados, pero anclados a monedas estatales).
La idea no es “abolir” el sistema actual de un día para otro. Es introducir competencia, transparencia y mejores anclas. Y, sobre todo, reducir el grado en que la vida de la mayoría depende de una única arquitectura que, por diseño, necesita inflación monetaria persistente para sostenerse.
Alden no promete que eso sea fácil. Solo sugiere que es probable: la presión tecnológica y geopolítica va empujando a ello.
Lo que te queda después de cerrar el libro
El efecto de Dinero roto no es “me ha convencido de X”. Es más sutil: te cambia el marco mental.
Empiezas a ver que muchas discusiones públicas están mal planteadas. Por ejemplo:
- “La gente no ahorra” (¿y si ahorrar dejó de ser racional para muchos?)
- “La vivienda es cara porque…” (sí, pero ¿qué pasa cuando es también una salida monetaria?)
- “La desigualdad ha aumentado por…” (sí, pero ¿cómo influye la arquitectura de emisión y crédito?)
- “Los jóvenes no progresan” (sí, pero ¿qué significa progresar cuando el futuro se ha encarecido?)
Alden no te pide que te vuelvas un activista monetario. Te pide algo más útil: que dejes de tratar el dinero como un fondo neutro. Porque no lo es.
Un apunte final (sin moraleja)
Hay libros que te dejan con una lista de acciones. Este, si lo lees bien, te deja con una incomodidad productiva: la sensación de que el dinero —eso que dábamos por sentado— es una infraestructura política, tecnológica y social mucho más frágil de lo que aparenta.
Y esa incomodidad tiene valor, porque permite hacer mejores preguntas. No para ganar un debate, sino para entender por qué tanta gente siente que cumple las reglas y aun así pierde.
En el fondo, Dinero roto habla de esto: cuando la capa base de una sociedad se vuelve inestable, todo lo demás —trabajo, familia, decisiones vitales— se vuelve más caro en energía mental. Y esa es una forma muy concreta de empobrecimiento.
