La épica que distrae
Hay una narrativa dominante sobre la New Space Economy que lo invade todo: los cohetes de SpaceX aterrizando de pie, los planes de Musk para colonizar Marte, las carreras entre billonarios por quién llega primero a la órbita baja. Es una narrativa seductora, cinematográfica y, en cierto sentido, útil: consigue que el mundo preste atención a la exploración espacial como no lo hacía desde los años setenta.

Pero también tiene un efecto secundario. Centra toda la conversación en la ingeniería —los vehículos, los cohetes, las trayectorias, los costes por kilogramo a órbita— y deja en un segundo plano una pregunta que, si pensamos en colonización real y no en turismo orbital, es quizás más urgente: ¿qué le ocurrirá al cuerpo humano si lo sacamos de la Tierra de forma permanente?
Becoming Martian (MIT Press, 2026), del biólogo evolutivo Scott Solomon, es un libro que responde exactamente a esa pregunta. Y lo hace con una claridad y una honestidad intelectual que resultan refrescantes en un campo donde el entusiasmo suele superar al rigor.
El cuerpo como variable dependiente
Solomon parte de lo que ya sabemos, que no es poco. El caso más documentado es el del astronauta Scott Kelly, que pasó 340 días consecutivos en la Estación Espacial Internacional mientras su hermano gemelo Mark permanecía en la Tierra. Los datos del NASA Twins Study revelaron alteraciones celulares, cambios en la expresión génica y modificaciones en la distribución de fluidos corporales que todavía se estudian. Kelly escribe el prólogo del libro: es un gesto que tiene coherencia, porque su cuerpo fue literalmente uno de los experimentos.
Más allá del caso Kelly, la evidencia acumulada apunta a un conjunto de efectos que cualquier sistema de colonización tendría que resolver antes de pensar en ciudades marcianas. La microgravedad debilita los huesos y la musculatura a una velocidad preocupante. La redistribución de fluidos provoca lo que se conoce coloquialmente como el “síndrome de la cara hinchada y las piernas de palo”. El microbioma intestinal se altera. El riesgo de cálculos renales aumenta. Y la radiación —fuera del campo magnético terrestre— no es una amenaza abstracta: es un factor de daño celular acumulativo y sostenido que ninguna tecnología actual mitiga de forma satisfactoria.
Todo esto ocurre en misiones de meses. Solomon pregunta qué ocurriría en décadas. O en generaciones.
Lo que CRISPR no resuelve (todavía)

En estas páginas he escrito antes sobre The Next 500 Years de Christopher Mason, genetista de Cornell que trabaja con la NASA y que plantea un plan a diez fases para convertir a la humanidad en una civilización interestelar mediante edición genética. La propuesta de Mason es ambiciosa hasta el límite de lo especulativo: modificar el genoma humano para hacerlo más resistente a la radiación, a la microgravedad, a atmósferas hostiles. Humanos rediseñados para el espacio.
Becoming Martian es, en cierto modo, el complemento más sobrio de esa visión. Solomon no descarta la ingeniería genética como herramienta, pero la trata como lo que es hoy: una posibilidad a largo plazo con enormes interrogantes médicos y éticos pendientes, no una solución disponible. Lo que Solomon hace es cartografiar el terreno real: dónde estamos, qué sabemos, qué no sabemos, y qué deberíamos entender mejor antes de tomar decisiones irreversibles.
Uno de los capítulos más incómodos del libro aborda la reproducción en el espacio. No es una cuestión menor: si hablamos de colonización permanente y no de expediciones, necesitamos que los seres humanos nazcan y crezcan fuera de la Tierra. Pero nadie sabe con certeza qué le ocurriría a un embrión en desarrollo en microgravedad y con niveles elevados de radiación. Los estudios en ratones y en organismos más simples sugieren consecuencias significativas. La empresa holandesa SpaceBorn United lleva años intentando demostrar la viabilidad de la fertilización in vitro en órbita, con resultados todavía muy preliminares y controversia científica y ética de fondo.
Solomon describe todo esto con honestidad. No busca el titular alarmista ni el optimismo fácil. Lo que hace es mostrar la complejidad real de un problema que las narrativas de la New Space Economy suelen omitir por completo.
Evolución como diseño
La pregunta que da título al libro es más filosófica de lo que parece: ¿cuándo deja de ser marciano un humano nacido en Marte?
No es una pregunta retórica. Si grupos humanos viven en Marte durante generaciones, sometidos a una gravedad que es apenas el 38% de la terrestre, a una radiación diferente, a una dieta inevitablemente distinta y a un aislamiento geográfico absoluto, la presión evolutiva actuará. No en décadas, pero sí en siglos. Solomon lleva este razonamiento hasta sus consecuencias lógicas: los marcianos de cuarta o quinta generación podrían diferir de los terráqueos de formas que hoy apenas podemos imaginar. Huesos más ligeros, sistemas cardiovasculares adaptados a menor gravedad, microbiomas completamente diferentes.
No es ciencia ficción. Es biología evolutiva aplicada a un escenario que antes era hipotético y que ahora empieza a tener fechas en los calendarios de algunas agencias espaciales y compañías privadas.
Lo que hace interesante el argumento de Solomon es que invierte la lógica habitual de la ingeniería espacial. En lugar de preguntarse cómo hacemos el entorno marciano más parecido a la Tierra —terraformación, cúpulas presurizadas, gravedad artificial—, pregunta qué le pasará al cuerpo humano si simplemente lo dejamos adaptarse. La evolución como diseño no planificado. Las consecuencias no intencionadas de la colonización como experimento evolutivo a largo plazo.
Esto conecta con algo que Mason planteaba en The Next 500 Years desde otro ángulo: si podemos editar el genoma, ¿tenemos la obligación de hacerlo para proteger a los futuros colonos, o deberíamos dejar que la evolución siga su curso? No hay respuesta fácil. Pero es exactamente el tipo de pregunta que la New Space Economy debería plantearse antes de que la lógica del mercado la responda por defecto.
Lo que la New Space Economy todavía no ha incorporado
La conversación sobre la economía espacial ha madurado mucho en los últimos años. Ya no se habla solo de satélites de telecomunicaciones: hay industrias enteras emergiendo alrededor de la observación de la Tierra, la minería de asteroides, los vuelos suborbitales, las constelaciones de internet satelital. El sector tiene inversores, tiene startups, tiene reguladores que empiezan a ponerse al día.
Lo que todavía falta, casi por completo, es una discusión seria sobre los cuerpos de las personas que van a trabajar y vivir en ese entorno. La medicina espacial sigue siendo una especialidad marginal. Los protocolos de salud para misiones de larga duración son insuficientes. La investigación sobre los efectos de la microgravedad prolongada está crónicamente infrafunciada en comparación con los presupuestos de ingeniería aeroespacial.
Solomon concluye su libro con una advertencia que vale la pena tomar en serio: antes de crear asentamientos permanentes, necesitamos aprender a convivir los unos con los otros, sí, pero también necesitamos entender qué le estamos haciendo al cuerpo humano cuando lo sacamos del entorno en el que evolucionó durante millones de años. Eso requiere ciencia, tiempo y honestidad intelectual. Tres cosas que el ritmo actual de la industria espacial no siempre favorece.
La biología como infraestructura crítica
Hay una metáfora que me parece útil. En los proyectos de infraestructura más ambiciosos —una presa, un túnel, una plataforma petrolífera en aguas profundas— los ingenieros dedican tanto esfuerzo a los sistemas de soporte de vida humana como a la estructura física. Porque sin cuerpos que funcionen, la infraestructura es inútil.
La New Space Economy está construyendo una infraestructura extraordinaria. Pero trata el cuerpo humano como un problema de segundo orden, algo que ya resolveremos cuando llegue el momento. Becoming Martian argumenta, con evidencia, que ese momento ya ha llegado. Que si queremos hablar en serio de colonización espacial —y no solo de turismo de altitud— la biología no es un anexo del proyecto. Es parte del núcleo.
Scott Solomon no es un pesimista. El libro termina con la pregunta abierta de si deberíamos ir, no con la afirmación de que no podemos. Pero su respuesta implícita es clara: ir sin entender lo que le pasará a nuestro cuerpo no es valentía. Es negligencia.
