Si llevas tiempo pasándote por este blog, sabes que tengo una obsesión recurrente, casi enfermiza: entender cómo funciona el mundo por debajo de la interfaz de usuario. Nos pasamos el día hablando de Inteligencia Artificial, de nuevos modelos de negocio digitales, de la New Space Economy o de cómo la biología está reescribiendo el código de la vida. Y es lógico, porque ahí es donde brilla la novedad, donde se concentra el hype mediático y donde, supuestamente, se dibuja el futuro que nos prometen los powerpoints de Silicon Valley.
Pero de vez en cuando, es higiénico —y diría que estratégicamente necesario— levantar la vista de la pantalla, ignorar por un momento el último modelo de lenguaje que ha lanzado OpenAI y mirar hacia abajo. Hacia los cimientos. Hacia esa infraestructura vieja, ruidosa, analógica y a menudo oxidada que permite que todo lo demás —incluida la inversión millonaria en tecnología— se mantenga en pie sin colapsar.
Estoy hablando del dinero. O, para ser más precisos y menos abstractos, de la hegemonía del dólar estadounidense.

En este 2025 que acabamos de estrenar, donde la incertidumbre parece ser la única constante operativa, ha caído en mis manos un libro que considero lectura obligatoria para cualquiera que quiera tener un mapa mental decente de la realidad geopolítica y económica, más allá del ruido de Twitter. Se titula “Our Dollar, Your Problem: An Insider’s View of Seven Turbulent Decades” (Yale University Press), y lo firma Kenneth Rogoff.
Para quienes no le pongan cara, Rogoff no es un cripto-bro predicando el fin del mundo fiduciario desde un podcast, ni un académico encerrado en su torre de marfil teórica. Ha sido economista jefe del FMI, es profesor en Harvard y ya escribió junto a Carmen Reinhart el seminal This Time Is Different, la biblia sobre las crisis financieras. Es un tipo que ha estado en la sala de máquinas cuando el sistema ha estado a punto de griparse. Y precisamente por eso, cuando alguien con su perfil publica un libro diciendo que la “fontanería” financiera global está crujiendo de una forma nueva y peligrosa, más vale prestar atención.
Su tesis no es apocalíptica, y eso es precisamente lo que la hace más inquietante y verosímil. No nos vende un colapso de Hollywood para mañana por la mañana. Lo que nos plantea es algo mucho más corrosivo y lento: la idea de que la mayor amenaza para el dólar —y por extensión, para la estabilidad del comercio global— no viene de China, ni de las criptomonedas, ni del euro. Viene de dentro. El enemigo duerme en Washington.
La asimetría como sistema operativo
El título del libro no es casualidad, es una declaración de intenciones. Recupera esa frase lapidaria de John Connally, secretario del Tesoro de Nixon en 1971, cuando el mundo se tambaleaba tras la ruptura unilateral del patrón oro: “El dólar es nuestra moneda, pero es vuestro problema”.
Esa frase, pronunciada con una arrogancia casi imperial, define a la perfección el sistema operativo del mundo en los últimos setenta años. Vivimos en una asimetría estructural, diseñada a conciencia. Estados Unidos emite la moneda en la que facturamos el petróleo, con la que compramos los chips de Nvidia, con la que se emite la deuda de los mercados emergentes y en la que los bancos centrales desde Brasil hasta Japón guardan sus ahorros por si vienen mal dadas.
Rogoff hace un trabajo excelente, casi quirúrgico, diseccionando cómo hemos llegado hasta aquí. Y lo más interesante es cómo desmonta el mito de la meritocracia pura que tanto gusta en Wall Street. Existe una narrativa muy complaciente en EE. UU. que dice que el dólar reina porque su economía es la más dinámica, la más innovadora y la más libre. Rogoff nos dice: “Sí, claro, pero no solo por eso”.
Hay un componente masivo de suerte histórica y de efectos de red que a menudo olvidamos. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa y Asia eran escombros humeantes. Estados Unidos era una fábrica intacta que representaba el 50% del PIB mundial. Además, ofrecía un “producto” que nadie más tenía en el catálogo: seguridad física. La capacidad militar americana para proteger las rutas comerciales y garantizar el flujo energético convirtió al dólar en algo más que un papel; era un seguro de vida geopolítico.
Esto creó lo que en tecnología llamamos el network effect definitivo, algo que en qtorb analizamos a menudo cuando hablamos de plataformas digitales. Si todo el mundo usa la plataforma “Dólar”, el coste de salirte de ella es astronómico. Tienes que convencer a tus proveedores, a tus clientes y a tus acreedores de que usen otra cosa. Es el foso defensivo (moat) más grande de la historia del capitalismo. Hemos vivido en un monopolio natural.
Pero, ¿qué pasa cuando el dueño de la plataforma empieza a cambiar las reglas de uso de forma unilateral, errática y politizada?
La amenaza interna: Deuda y Polarización
Aquí es donde el libro de Rogoff se vuelve lectura obligada para entender el contexto de 2025. El autor argumenta que la “Pax Dollar” no está amenazada por un competidor externo mejor (ninguno lo es), sino por la degradación de la propia sociedad e instituciones americanas. Es un problema de suicidio asistido, no de asesinato.
El primer punto es la deuda. No hace falta ser un experto en macroeconomía para marearse con las cifras. La deuda pública de EE. UU. supera holgadamente el 120% del PIB y la trayectoria es de todo menos tranquilizadora. Durante años, esto no importó porque los tipos de interés eran casi cero. El dinero era gratis y la fiesta parecía eterna. Pero en un mundo de tipos más altos y sticky inflation, el coste de financiar esa deuda empieza a comerse el presupuesto federal, desplazando otras inversiones críticas.
Rogoff señala un riesgo sistémico que va más allá de los números: la confianza. El dólar es, ante todo, un acto de fe. Fe en que la Reserva Federal será independiente. Fe en que el sistema legal estadounidense protegerá tus activos. Fe en que la política no contaminará la imprenta de billetes. Pero esa fe se está erosionando a marchas forzadas. La polarización política extrema en EE. UU., donde cada techo de deuda se convierte en una ruleta rusa legislativa y donde las instituciones se cuestionan abiertamente, manda señales terribles al resto del mundo.
Si los inversores globales (léase China, Japón o los fondos soberanos del Golfo) empiezan a sospechar que Estados Unidos, acorralado por sus propias promesas de gasto y su incapacidad fiscal, optará por inflar la deuda —es decir, permitir una inflación alta sostenida para “licuar” lo que deben en términos reales— o forzar a la Fed a mantener tipos artificialmente bajos, la premisa básica de seguridad se rompe. Y en finanzas internacionales, la confianza se va caminando, pero el pánico llega corriendo.
La “Weaponización” de las finanzas
El otro gran tema que toca el libro, y que conecta directamente con nuestros análisis sobre geopolítica y defensa, es el uso del dólar como arma de guerra cinética. Rogoff utiliza el término weaponization para describir cómo Washington ha convertido el sistema SWIFT y el acceso al dólar en herramientas de castigo y coerción.
Lo vimos con los experimentos en Irán, lo vimos con Venezuela y, de forma masiva y definitiva, lo vimos con Rusia tras la invasión de Ucrania. Congelar las reservas de un banco central del G20 fue cruzar el Rubicón. Ojo, no entro aquí en la valoración moral de la medida —que puede estar totalmente justificada ante una agresión militar—, sino en las consecuencias sistémicas de segundo orden que analiza Rogoff.
El mensaje que Washington envió al mundo (especialmente al llamado Sur Global y a competidores estratégicos como China) fue cristalino: “Tus dólares son tuyos hasta que decidamos que dejen de serlo”. El dólar dejó de ser un bien público global neutral, una commodity aburrida, para convertirse en una herramienta de política exterior americana.
Esto ha acelerado lo que Rogoff llama una diversificación “por seguridad”. Muchos países no están buscando alternativas al dólar porque les guste más el yuan o porque confíen más en el oro, sino porque no pueden permitirse el riesgo de tener todos sus activos en una cesta que su rival geopolítico puede volcar de una patada. Estamos pasando de la lógica de la eficiencia económica (buscar el mercado más líquido y barato) a la lógica de la resiliencia estratégica. Y eso, amigos, tiene un coste. Un coste que pagaremos todos en forma de un comercio global más friccionado, más lento y menos eficiente.
Por qué los “Dólar-Killers” siguen fracasando
A pesar de todo este panorama sombrío para el billete verde, Rogoff mantiene una dosis de realismo muy saludable que le aleja del sensacionalismo barato. Dedica capítulos enteros a analizar a los supuestos asesinos del dólar y explica por qué, al menos a corto plazo, ninguno está listo para el prime time.
Sobre el Yuan chino, su diagnóstico es tajante y coincido plenamente con él. Una moneda de reserva global requiere tres cosas innegociables: liquidez masiva, estado de derecho confiable y apertura de capitales (que puedas entrar y salir con tu dinero cuando quieras). China no cumple ninguna de las dos últimas. Mientras el Partido Comunista mantenga controles de capital estrictos y la seguridad jurídica dependa del humor político de Pekín, el yuan será una moneda de comercio, pero no de reserva. Nadie guarda los ahorros de su vida en un lugar del que quizás no pueda sacarlos cuando suene la alarma de incendios.
Sobre las Criptomonedas, Rogoff es profundamente escéptico respecto a su rol sistémico. Reconoce la innovación tecnológica subyacente, pero argumenta que activos con tal volatilidad son inútiles como unidad de cuenta o reserva de valor para estados y grandes corporaciones. Si tienes que pagar nóminas, importar energía o planificar infraestructuras a diez años, no puedes depender de un activo que fluctúa un 15% en una tarde por un tuit de un influencer. Las ve más como activos especulativos de riesgo que como dinero real en el sentido macroeconómico del término.
Y sobre el Euro… bueno, el libro trata a nuestra moneda con un respeto algo melancólico. Técnicamente podría ser una alternativa, tiene el tamaño y las instituciones, pero la falta de una unión fiscal completa y la fragmentación de los mercados de capitales europeos (algo de lo que hemos hablado mil veces en este blog) impiden que dé el sorpasso. Somos el eterno “casi”, atrapados en una arquitectura incompleta que nos impide proyectar poder financiero real.
El escenario real: Fragmentación y Bloques
Entonces, si no hay alternativa clara, ¿cuál es el problema real? El problema, según Rogoff, no es una sustitución rápida tipo “el Rey ha muerto, viva el Rey”. El problema es una fragmentación lenta, sucia y dolorosa.
No vamos hacia un mundo donde el yuan reemplace al dólar mañana. Vamos hacia un mundo de bloques financieros estancos. Un bloque dólar (EE. UU., Europa, aliados del Pacífico), un bloque yuan (China, Rusia, satélites) y una zona gris de “no alineados” (India, Brasil, Arabia Saudí) que jugarán a dos barajas según les convenga.
Esto es un cambio de paradigma brutal para cualquier negocio digital o global. Durante 30 años hemos operado asumiendo que el dinero fluía sin fronteras, como el agua. Ahora, las fronteras están volviendo, y son de hormigón. Las cadenas de suministro se están reorganizando no por eficiencia, sino por alianzas políticas (el famoso friend-shoring). Y el capital también empieza a tener pasaporte. Si tienes una empresa global, ya no solo te preocupas por el tipo de cambio; te preocupas por si tu flujo de caja puede cruzar una frontera ideológica.
¿Qué lectura sacamos desde Europa?
Aunque el libro se centra obsesivamente en Estados Unidos, la lectura que hago desde nuestra esquina del mapa es preocupante. Europa se encuentra en una posición de debilidad estructural que a menudo intentamos ignorar con cumbres y declaraciones grandilocuentes.
Tenemos nuestra moneda, sí, pero operamos en un sistema financiero, energético y de defensa diseñado y mantenido por Estados Unidos. Si la tesis de Rogoff es correcta y el dólar se vuelve más volátil, más débil y más politizado, Europa sufrirá las consecuencias de “vuestro problema” sin tener la capacidad de decisión sobre “nuestra moneda”.
La extraterritorialidad de las sanciones americanas ya es un dolor de cabeza constante para las empresas europeas, pero en un escenario de mayor conflicto, podríamos vernos obligados a elegir bando económico de formas que dañarían nuestra competitividad industrial de forma irreversible. Esto refuerza la tesis que defendemos en qtorb sobre la necesidad urgente de una autonomía estratégica real. Y no hablo solo de fabricar chips o baterías en Alemania; hablo de infraestructuras de pago, de profundidad de mercados financieros y de reducir nuestra dependencia crítica de un sistema operativo global que, quizás, no sea tan eterno como pensábamos.
“Our Dollar, Your Problem” no es un libro que te vaya a dar una estrategia de inversión para el martes que viene. Si buscas eso, te has equivocado de sitio. Pero es una obra fundamental para entender la tectónica de placas sobre la que estamos construyendo nuestras vidas y negocios en esta década.
En el mundo de la tecnología y el Digital Business, tenemos una tendencia peligrosa a ignorar la macroeconomía hasta que nos explota en la cara (como pasó con la subida de tipos y el fin del dinero gratis para las startups). Rogoff nos recuerda que la infraestructura financiera no es un elemento neutro del paisaje; es una estructura de poder. Y como toda estructura de poder, cuando se siente amenazada desde dentro, se vuelve peligrosa e impredecible.
Antes de que te lances a leer el enésimo hilo sobre cómo la IA generativa va a cambiar el marketing, dedica unas horas a este libro. Porque entender quién controla el dinero, y por qué ese control se está resquebrajando, es la única forma real de entender qué demonios está pasando en el mundo. El dólar sigue siendo el rey, sí. Pero el trono se tambalea, el rey empieza a estar un poco paranoico y el castillo tiene grietas en los muros de carga. Y eso, nos guste o no, va a ser problema de todos.
