La resiliencia como superpoder clave en el siglo XXI

La pandemia de la COVID-19 ha sido un reto para las organizaciones, que han tenido que responder de una manera urgente pero también de forma innovadora, creativa y ágil a este evento imprevisto.

En un estudio mundial sobre la respuesta a la pandemia (Business Resilience: The Global COVID-19 Pandemic Response Study) se encuestaron a más de 1.300 líderes empresariales y profesionales de recursos humanos para identificar sus respuestas ante la pandemia y las mejores prácticas.

Mundo BANI

Este análisis mundial muestra que entre las 53 prácticas que las empresas han implementado, 10 prácticas en tres áreas cruciales son las que tienen el mayor impacto beneficioso, independientemente de la industria, la geografía o el tamaño de la empresa. Aunque la investigación identificó estas prácticas en el contexto del COVID-19, ayudarán a desarrollar la resiliencia de las empresas para afrontar cualquier crisis.

En realidad, la guerra en Ucrania y las consecuencias que se desprenden, son “amenazas” que se acumulan en un horizonte con una crisis energética, de salud (no solo las variantes de COVID-19 si no la amenaza creciente de la resistencia a los antibióticos), crisis climática,… Por tanto, tenemos razones suficientes para pensar que estamos en un mundo más caótico y cambiante, que algunos ya han sustituido al conocido VUCA por el acelerado BANI por frágil (quebradizo/brittle), ansiedad, no-lineal e incierto.

Cuatro etapas de adaptación

Según Business Resilience las respuestas de las empresas se sitúan en cuatro etapas. En la primera etapa, los directivos se centran en la supervivencia financiera. En la segunda etapa, la organización hace del cuidado de su gente su principal preocupación. En la tercera etapa, la organización se centra en crear agilidad y una cultura de trabajo resiliente. En la cuarta etapa, las empresas se reinventan a sí mismas mediante prácticas innovadoras de contratación, diseño de puestos de trabajo, gestión del rendimiento y remuneración. Los niveles de desempeño de las organizaciones aumentan con cada etapa de respuesta, siendo la primera la de menor desempeño y la cuarta la de mayor.

La resiliencia

La COVID-19 aceleró el cuidado de la gente como principal preocupación. Rápidamente incorporamos a nuestro diccionario cotidiano el concepto de resiliencia. Entendida como la capacidad de recuperarse de situaciones traumáticas extremas. Según Javier Cabanyes Truffino la resiliencia refleja la confluencia dinámica de factores que promueven la adaptación positiva a pesar de la exposición a experiencias adversas. Se considera que la resiliencia es un componente de la adecuada adaptación psicosocial y se asocia con la salud mental.

En los últimos años, se ha acentuado el interés por el potencial papel de la personalidad y la neurobiología en la configuración de la resiliencia. Como explica la neurocientífica Laura Moreno-López, los humanos están programados genéticamente para concentrarse en las emociones y los recuerdos negativos. Una base neurobiológica diferente haría que las personas resilientes prestaran más atención a los positivos, aumentando así su capacidad de resiliencia.

Delimitación de resiliencia

La resiliencia sigue siendo un concepto poco evidente y no claramente definido debido a la existencia de múltiples factores implicados y a su desarrollo desde disciplinas tan diversas como la medicina, la psicología, la educación, el trabajo social o la epidemiología. Knight plantea las tres dimensiones de la resiliencia:

  • Como un estado (¿qué es y cómo identificarla?). Integra la competencia emocional, competencia social y orientación de futuro. La competencia emocional estaría formada por el autoconcepto positivo, autocontrol y regulación de emociones, autonomía personal y sentido del humor. La competencia social quedaría definida por la capacidad de generar relaciones sociales estables. En este sentido, la comunicación, sentido de pertenencia y empatía son relevantes para la resiliencia. La orientación al futuro representa una marcada intencionalidad vivencial y una idea clara del significado de la vida con un enfoque optimista, sentido de compromiso en la resolución de problemas y flexibilidad y adaptación a las situaciones. En este aspecto, el optimismo hacia el futuro es un importante elemento de la resiliencia
  • Una condición (¿qué se puede hacer sobre ella?)
  • y una práctica (¿cómo llegar a ella?).

Medida de la resiliencia

Si ya es difícil encontrar consenso entre la definición y las características, en consecuencia, también lo es su medición. Un escollo importante para la medida de la resiliencia es la naturaleza cualitativa de los datos, si bien son indicadores más directos que los cuantitativos. También plantea problemas el uso de fuentes de datos distintas según la edad.

Estas cuestiones relacionadas con la medida de la resiliencia son aún muy debatidas por las razones ya apuntadas. Para poder esclarecerlas es preciso un mayor acuerdo con una mejor definición del propio concepto de resiliencia y estudios más amplios, con una metodología rigurosa y consensuada, capaz de controlar las diferentes variables implicadas.

En ese sentido, un aspecto importante en el desarrollo de instrumentos de medida de la resiliencia es definir la relación existente entre los recursos psicológicos (autoestima, autoeficacia, control, etc.) y testar su validez factorial como indicadores. En algunos estudios recientes se atribuye gran relevancia, como indicadores de resiliencia, a factores como el sentido trascendente de la vida y la religiosidad, siendo preciso poder especificar mejor su carácter constitutivo o modulador de la resiliencia.

En cualquier caso, señalar el grado de resiliencia requiere medir factores internos (personales) y externos (ambientales) considerando siempre que las variables resilientes del entorno familiar y social tienen un papel muy relevante en la resiliencia del propio individuo.

En el ámbito profesional, pretendiendo dar un feedback puramente orientativo, en Foxize hemos elaborado en colaboración con Ivette Gutierrez, un test de Resiliencia que explora cinco grandes bloques: Confianza en mí mismo, ecuanimidad, perseverancia, satisfacción personal, sentirse bien solo y la gestión de las relaciones.

Cómo desarrollar la resiliencia

Siguiendo con esta mirada amplia, Javier Cabanyes Truffino apunta algunas de las cuestiones que genera más debate: ¿es una habilidad innata o adquirida? ¿La pueden tener todos? ¿Se mantiene estable o cambia con el paso del tiempo? Es indudable la confluencia de variables situacionales y personales y que el propio proceso interactivo modula esas variables de tal modo que las preguntas planteadas pueden tener distintas respuestas según cada persona.

Como apunta Cabanyes, muchas de las características vinculadas al supuesto desarrollo de la resiliencia son un complejo y extenso grupo de conceptos: estilos cognitivos y atribucionales, autocontrol, concepto de sí mismo, etc. Hay vínculos claros respecto a la respuesta al estrés y la capacidad de desafío, la exposición controlada al riesgo y la limitación de la evitación y las diferentes estrategias de afrontamiento. Todo ello se ha relacionado con el desarrollo de la capacidad resiliente.

Los datos disponibles sugieren que la resiliencia no solo cambia a lo largo del tiempo, sino que, en su transcurso, requiere ajustes en la definición operativa, en las fuentes de datos y en la forma de evaluación. Es pues, un proceso que dura toda la vida, con fases de adquisición y de mantenimiento y podría plantearse, incluso, de disminución o de pérdida.

Por otra parte, los factores culturales y contextuales inducen especificidad y singularidad a la capacidad resiliente. Al mismo tiempo, las variables temperamentales, con su gran carga biológica, también suponen un factor predisponente para el desarrollo de la resiliencia.

Cómo potenciar la resiliencia

La construcción o potenciación de la resiliencia es un ambicioso propósito que tiene como fin la promoción de la salud mental y el desarrollo de competencias socioemocionales.

En entorno familiar tiene un notable papel en la elaboración de la capacidad resiliente de sus miembros (también hay “resiliencia familiar”). Entre los factores familiares que configuran la resiliencia de la familia destacan la visión positiva, el sentido espiritual, la comunicación y el acuerdo entre sus miembros, la flexibilidad, el tiempo familiar y de compartir diversiones y la existencia de normas y rutinas.

Un aspecto clave en la resiliencia, como se ha comentado, es el autocontrol, por lo que son de gran interés las estrategias destinadas a mejorar la autorregulación personal.

La acumulación de experiencias positivas y negativas influye en la resiliencia del adulto. Los factores protectores (logros, vínculos, autoestima, etc.) modifican la respuesta personal al riesgo, y algunos cambios puntuales y específicos (un tutor relevante, una relación personal equilibrada, un puesto de trabajo, la integración en un grupo social o religioso) pueden cambiar positivamente la trayectoria personal.

Variaciones en la resiliencia parecen influir en la relación entre emociones positivas e incremento de la satisfacción de vida sugiriendo que las personas que experimentan felicidad lo hacen no porque se sientan mejor sino porque desarrollan recursos para vivir bien. De esta forma se pone de manifiesto que es a través de la resiliencia como se establece la relación entre las emociones positivas del día a día y la mejora en la experiencia de satisfacción. Por tanto, la satisfacción procede más de la capacidad resiliente y no tanto de las emociones positivas.

Algunos autores han identificado una estrecha relación entre la capacidad resiliente y el sentido del humor y la apertura a la esperanza, siendo una interesante vía para su elaboración o potenciación.

Las características del entorno tienen gran relevancia en el desarrollo personal y en el bienestar familiar contribuyendo a la construcción de la capacidad resiliente. Entre esas características destacan las condiciones de salud, la estabilidad de la residencia, la existencia de modelos positivos y los recursos, formales e informales, disponibles.

La resiliencia es innata: aprende a desbloquearla

La psicóloga Audrey Tang ofrece una guía (The Leader’s Guide to Resilience: How to Use Soft Skills to Get Hard Results) para líderes que desean desarrollar su resiliencia y la de los miembros de su equipo. Ella explica que todos tenemos cierta resiliencia innata, y los líderes pueden usar prácticas y consejos respaldados por investigaciones para encontrarla y fortalecerla. 

Para Audrey Tang ser resiliente significa aceptar la realidad de tu situación y aprender de tus errores. Requiere ser «egoísta»: reflexionar sobre sus elecciones, comportamientos y necesidades, y cultivar la autoconciencia para evitar reaccionar de manera ineficaz o alienar a los aliados potenciales. 

Para expandir tu resiliencia, afirma Tang, hay que concentrarse en una colaboración saludable y fomentar relaciones de apoyo. Comprender tu valor como colaborador individual y tu capacidad para crear y cocrear soluciones. Reflexionar sobre tus fuentes de fuerza interior: tus «pilares» únicos de resiliencia. 

Si los miembros de tu familia, por ejemplo, constituyen un pilar de resiliencia para ti, entonces nutre tus conexiones con ellos. Fortalece los pilares que necesitan tu atención.

Mantener la resiliencia a largo plazo

Antes apuntaba que la resiliencia cambia y requiere ajustes con el paso del tiempo. Es pues, un proceso que dura toda la vida, con fases de adquisición y de mantenimiento y también de disminución o de pérdida. La psicóloga Kathryn McEwen sugiere unos pasos para ayudar a mantener la resiliencia a largo plazo:

  1. Conéctate consigo mismo: identifica tus valores y asegúrate de que tu vida diaria se alinea con ellos.
  2. Alinearse con los valores de tu organización: comparte los valores de tu empresa con tu equipo para asegurarte de que todos trabajan juntos.
  3. Cultiva una perspectiva positiva: alinearse con la misión más amplia de tu organización te ayuda a enfrentar desafíos inesperados.
  4. Minimiza el estrés: identifica los factores desencadenantes de tensión diarios para poder controlarlos.
  5. Administra tus impulsos competitivos: la cooperación a menudo te sirve mejor que competir, y atrae a personas que comparten su forma de pensar.
  6. Mantén tu salud física y mental: las organizaciones deben apoyar el bienestar de sus empleados.
  7. Desarrolla tu red más amplia: forma asociaciones con grupos alineados y miembros de la comunidad.

Si duda alguna, la resiliencia es y será uno de los superpoderes del Siglo XXI. Una competencia compleja que requiere ser abordada desde diferentes ángulos (pensamiento sistémico) en todas las esferas de nuestra vida.

Foto de freestocks.org en Pexels

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