Balanza inclinada entre recibos salariales y documentos de inversión (metáfora del reparto entre trabajo y capital).
Cuando el capital gana peso, el crecimiento se traduce peor en bienestar compartido

Hay datos que, por sí solos, ya cuentan una historia. El artículo de La Vanguardia que compartes parte de uno de esos: la porción de la renta global que va a salarios habría caído desde el entorno de dos tercios a principios de los 80 hasta alrededor del 52% en la actualidad, según cifras citadas de la Organización Internacional del Trabajo.​

No es solo “un reparto más injusto”. Es un cambio de régimen. Cuando el trabajo pierde peso relativo, cambian incentivos empresariales, se recalibran políticas públicas, se tensiona la cohesión social y, sobre todo, se vuelve más difícil que el crecimiento se traduzca en bienestar compartido.​

El dato que abre la grieta: menos renta salarial, más renta del capital

La Organización Internacional del Trabajo lleva tiempo siguiendo la “cuota laboral” (la parte de la renta que va al trabajo) y, con matices por países, el tono general es claro: la participación salarial no está donde solía estar. En su actualización World Employment and Social Outlook: September 2024 Update (PDF) se insiste en el debilitamiento de la cuota laboral y en cómo eso amplifica desigualdad y vulnerabilidad. En la actualización de mayo 2025 (WESO May 2025 Update (PDF)) vuelve la misma música, con números actualizados.​

Aquí manda el reparto relativo, no el salario en bruto de tu nómina. Puede haber subidas. Puede haber recuperación en algunos ciclos. Pero si el pastel crece y tu porción crece menos, la brecha se acumula. Y el capital —por definición— tiende a estar más concentrado que el trabajo.​

Si quieres ver el “backstage” estadístico, la OIT lo aterriza en su portal de datos: ILOSTAT – Labour income.

No es un ciclo: por qué esto parece estructural

Lo que tranquiliza, por defecto, es pensar que esto es un efecto colateral de una crisis: pandemia, inflación, energía, guerra… y que “ya se arreglará”. El problema es que la tendencia es larga. No se explica bien con un evento único.​

Loukas Karabarbounis lo revisa en el Journal of Economic Perspectives: “Perspectives on the Labor Share” (2024). Es una revisión de evidencia y mecanismos. Y deja con una idea incómoda: si la cuota laboral cae durante décadas, no basta con esperar a que “vuelva el ciclo bueno”. Hay fuerzas de fondo que empujan.​

Globalización: negociar salarios en un mundo “movible”

La globalización tuvo un relato heroico: más comercio, más eficiencia, más variedad, más crecimiento. Todo eso ocurrió, sí. Pero la globalización también introdujo una asimetría de poder muy concreta: el capital se volvió móvil; el trabajo, no.

Cuando una empresa puede fragmentar la cadena de valor, subcontratar, deslocalizar, o simplemente usar la amenaza creíble de hacerlo, la negociación salarial cambia de textura. No hace falta que la fábrica se vaya para que el trabajador negocie como si pudiera irse.

Esto no se vive como “te bajan el sueldo” (que a veces también). Se vive como algo más sutil: te cuesta capturar las ganancias. La empresa mejora, el sector mejora, el país mejora… y tú mejoras menos de lo que esperabas. Karabarbounis lo mete en el paquete de explicaciones posibles precisamente por ese canal: estructura global que reequilibra poder. (JEP 2024)

Tecnología e IA: productividad que no siempre paga nóminas

La tecnología es la gran promesa moderna: hacer más con menos. Y lo hace. Pero la pregunta relevante no es “si aumenta productividad”, sino quién captura esa productividad.

Durante años, buena parte del progreso técnico ha sido intensivo en activos: software, automatización, propiedad intelectual, plataformas. Ese tipo de tecnología tiende a “parecerse” al capital: se escala, se protege, se concentra. La OIT incluye tecnología entre los factores que ayudan a explicar la trayectoria de la cuota laboral. (WESO Sept 2024 Update)

La IA, además, llega en un momento peculiar: ya veníamos de décadas de concentración digital. Si la IA se despliega como capa de eficiencia sobre estructuras concentradas (datos, infraestructura, distribución), es fácil que el rendimiento adicional se convierta en margen antes que en salario.

Dicho de otra manera: la IA puede ser un turbo. La pregunta es si el coche va en dirección “productividad compartida” o “productividad capturada”.

Poder de mercado: márgenes altos, salarios lentos

Aquí está el elefante en la habitación que durante años se trató con demasiada delicadeza: el poder de mercado.

Si un sector se concentra, si hay menos jugadores, si se levantan barreras de entrada, si aparecen “empresas superestrella”, los márgenes suben. Y cuando los márgenes suben, no existe una obligación automática de que los salarios suban al mismo ritmo.

El FMI lo aborda de forma bastante directa en “Production Technology, Market Power, and the Decline of the Labor Share” (2023): más poder de mercado puede explicar una parte relevante del descenso de la cuota laboral.

Y si llevas ese razonamiento al mercado de trabajo, el efecto se vuelve todavía más tangible: si en una zona o sector hay pocos “compradores” de empleo, el trabajador tiene menos alternativas reales. Eso es poder de mercado laboral. El FMI lo trabaja en “Unraveling the Wage-Output Disconnect: The Role of Labor Market Power” (WP/24/136, 2024).

En castellano llano: puede ir bien la economía y, aun así, el salario no sigue a la productividad porque el tablero no está equilibrado.

Instituciones: sindicatos, negociación y salario mínimo (cuando funcionan)

Hay quien habla del reparto como si fuese una consecuencia natural del mercado. No lo es. El reparto siempre ha sido institucional.

La cobertura de negociación colectiva, el papel de los sindicatos, el salario mínimo, la inspección laboral, la regulación de ciertas prácticas (por ejemplo, restricciones a movilidad laboral), el diseño fiscal… todo eso define si el trabajo tiene herramientas para defender su parte.

El BCE lo analizó para la eurozona en “The development of the wage share in the euro area since the start of the pandemic” (2023): cómo han cambiado salarios, márgenes y reparto desde la pandemia. No te da una “solución”, pero sí un mapa de fuerzas.

Y el punto que suele olvidarse: instituciones no significa rigidez. Significa reglas que impiden que el reparto se convierta en una batalla desigual.

Financiarización: cuando el retorno al accionista se convierte en brújula

Si tienes que elegir una imagen mental: durante años, el accionista pasó de ser “uno de los interesados” a ser el centro gravitacional de muchas decisiones.

Dividendos, recompras, métricas de corto plazo, presión por resultados trimestrales… Es racional desde dentro de la empresa (sobre todo si así se evalúa al directivo), pero a escala agregada cambia la relación con el trabajo: invertir en salarios, estabilidad o formación compite con maximizar retorno inmediato.

La Vanguardia lo apunta como parte del contexto: una economía más enfocada en retornos rápidos para accionistas. (La Vanguardia)

Qué cambia en la vida real: consumo, vivienda, política y ansiedad económica

Si todo esto se quedara en un gráfico, no tendría tanta carga emocional. La tiene porque se filtra en cuatro planos muy concretos:

  1. Consumo: si el trabajo captura menos, la demanda se vuelve más frágil o más dependiente de crédito.
  2. Vivienda y activos: cuando los activos (especialmente vivienda) suben más rápido que los salarios, el patrimonio se hereda más de lo que se construye.
  3. Política: crece la sensación de estafa sistémica: “me dicen que todo va bien, pero a mí no me llega”.
  4. Psicología económica: no hace falta estar en paro para vivir con sensación de inseguridad.

Es verdad que hay señales de recuperación de salarios reales en algunos países tras el shock inflacionario. La OCDE lo recoge en OECD Employment Outlook 2025. Pero un rebote no borra una deriva larga. Puede aliviar. No reescribe el guion.

Tres palancas sin humo para reequilibrar el reparto

Si esto fuera una película, aquí vendría el monólogo épico. En la realidad, lo útil es más prosaico. Tres palancas, sin magia:

1) Competencia real (producto y trabajo)
No basta con “mercado”. Hay que mirar concentración, barreras de entrada, prácticas anticompetitivas y también poder de mercado laboral. Si te interesa este ángulo, los dos papers del FMI son una buena pareja de lectura: el de poder de mercado y cuota laboral (IMF 2023) y el del desacople salario-producción por poder en el mercado de trabajo (IMF WP/24/136 (2024)).

2) Instituciones laborales adaptadas a la economía actual
No es nostalgia: es actualización. Negociación en cadenas de subcontratación, protección del autónomo dependiente, transparencia salarial, límites a prácticas que congelan movilidad… Cosas concretas.

3) Marco fiscal coherente con el nuevo reparto
Si el capital gana peso, ignorarlo en fiscalidad es cerrar los ojos. Para ver comparativas y series globales útiles, el World Inequality Lab mantiene un repositorio muy valioso: Global Inequality Update 2024 – Technical Note.

Coda: la IA puede acelerar la brecha… o forzar un nuevo pacto

La IA no “decide” el reparto. Pero sí puede decidir la velocidad a la que el reparto se descompensa si dejamos que la captura sea automática.

La pregunta que queda, al final, es casi moral, pero expresada en términos económicos: ¿queremos una economía donde el crecimiento se convierta sobre todo en margen y patrimonio… o una economía donde la productividad vuelva a parecerse a un pacto?

Porque, si no se renegocia el reparto, lo que se rompe no es solo la estadística. Se rompe la legitimidad del progreso.