Hay libros que funcionan como señales de humo: no necesitas descifrar cada frase para saber que algo se está quemando. Against Platforms: Surviving Digital Utopia, de Mike Pepi (Melville House, enero de 2025), llega en un momento en el que muchas intuiciones dispersas empiezan, por fin, a encajar.

Es como si Pepi hubiera lanzado la mitad de un mapa al aire y, al caer, encajara con otra mitad que ya conocíamos: la teoría de la “enshittification” de Cory Doctorow. Si lees qtorb.com desde hace tiempo, ya te suena su idea de por qué internet se ha convertido en un entorno crecientemente hostil, lleno de fricción y de incentivos raros. Lo que aporta Pepi —por el tipo de debate que ha despertado alrededor del libro— parece ser justo lo que faltaba: si Doctorow explicó la mecánica del desastre, Pepi pone el foco en la ideología que hizo posible ese desastre.

Lo que sigue no es una reseña, sino un ejercicio deliberado de unir puntos. La hipótesis es simple: si juntas el Pepi que se dibuja en el debate actual con el Doctorow que ya conocemos, obtienes una radiografía bastante precisa de la jaula digital donde nos movemos.

El fin de la excusa de la “herramienta”

Hay un lugar común agotador en cualquier charla sobre tecnología: “el problema no es la herramienta, es el uso que le damos”. Suena sensato, reparte culpas hacia el usuario y nos permite seguir adelante como si nada. Pero encaja cada vez peor con la experiencia diaria.

Todo apunta a que el trabajo de Pepi es un misil dirigido a la línea de flotación de ese argumento. Su tesis, tal y como se refleja en sinopsis editoriales y reseñas, es que hemos cometido un error de categoría: confundir plataformas privadas con infraestructura pública. No es un matiz técnico; es un cambio de mundo. El martillo es una herramienta. La carretera, la red eléctrica o una biblioteca son infraestructuras. Una plataforma, en cambio, se comporta más como un régimen.​

Pepi se sitúa en la tradición que recuerda que la “Utopía Digital” de los 2000 nos vendió estas plataformas como ágoras abiertas, casi como extensiones naturales de la esfera pública. Espacios de democratización, participación y acceso sin fricciones, presuntamente neutrales y a salvo de viejas burocracias. Esa fue la anestesia. La realidad, según el tipo de crítica que encarna Against Platforms, es que estamos viviendo dentro de arquitecturas diseñadas con fines económicos y políticos muy concretos: maximizar captura de datos, dependencia y extracción de valor.

En ese contexto, apelar al “buen uso” de la herramienta roza lo ingenuo. Es como intentar llevar una vida saludable viviendo de forma permanente dentro de un casino en Las Vegas: puedes proponerte no jugar, pero todo —luces, sonidos, recorridos, incentivos— está pensado para llevarte en dirección contraria.

El Pepi imaginario y el Doctorow real

Ahí es donde la conexión con Cory Doctorow se vuelve especialmente jugosa. Doctorow lleva años narrando, con bastante mala leche y bastante precisión, el declive de las grandes plataformas. Su concepto de “enshittification” (la famosa “mierdificación”) describe un ciclo económico reconocible:

  • Primero la plataforma es buena contigo, el usuario: te da más valor del que captura, porque necesita crecer.
  • Después se vuelve generosa con los clientes comerciales: mejor acceso, más datos, más tratamiento preferente.
  • Cuando ya tiene atrapados a ambos lados (usuarios y negocios), empieza a extraer valor de todos, degradando la experiencia para maximizar su propio beneficio.

Doctorow es el ingeniero que se baja al sótano y te enseña las tuberías: cómo se manipulan los algoritmos, cómo se ajustan condiciones y comisiones, cómo se “twiddle” parámetros para exprimir un poco más en cada punto del sistema. Explica la mecánica, el cómo.

Pepi, por lo que se deja ver, ocupa otro nivel de zoom: el institucional. No se centra tanto en la dinámica interna del negocio como en la pregunta de fondo: ¿por qué dejamos que estas empresas asumieran funciones que antes asociábamos a instituciones públicas o, como mínimo, a organizaciones sometidas a cierto control social?

El cruce de ambos diagnósticos tiene algo de combinación letal:

  • Pepi: el conflicto clave de nuestra época no es solo izquierda/derecha, sino instituciones vs plataformas. Las instituciones, con todos sus defectos, tienden a producir bienes públicos: educación, cultura, normas, garantías, memoria. Las plataformas tienden a extraer: organizan la interacción social de forma optimizada para un modelo de negocio, no para una idea de ciudadanía.
  • Doctorow: una vez ese régimen está consolidado, una vez todo pasa por la plataforma, los incentivos para cuidar al usuario se desploman. La rentabilidad está en degradar sutilmente el servicio, porque el coste de salida —social, económico, laboral— es demasiado alto.

Uno te explica el cambio de soberanía. El otro, el ciclo de degradación dentro de esa nueva soberanía.

La trampa confortable de la “solución personal”

Una de las partes más atractivas del enfoque de Against Platforms es que parece huir, deliberadamente, de la autoayuda digital. Llevamos una década escuchando recetas del estilo “usa menos el móvil”, “borra las redes”, “ponte límites de tiempo en pantalla”, “desconecta los fines de semana”. Son consejos bienintencionados, pero funcionan como cortina de humo: trasladan un problema de diseño estructural al terreno de la fuerza de voluntad individual.

Si uno sigue el hilo que marcan Pepi y el propio debate sobre plataformas, el mensaje implícito es bastante claro: no se arregla una arquitectura política con hábitos de calendario. Si la plataforma ha ocupado el lugar de la institución —si es ahí donde se decide qué se ve, quién tiene voz, cómo circula el dinero, qué es reputación y qué es ruido—, entonces “borrar la app” es, en el mejor de los casos, un gesto de exilio personal.

Doctorow pondría nombres más técnicos: bloqueo de salida, falta de interoperabilidad, dependencias de red. No puedes irte de según qué redes sin perder tu identidad digital, tu base de clientes o tu tejido social. Pepi, por lo que se intuye en sus intervenciones públicas, subiría la apuesta: no es solo que cueste irse, es que no hemos protegido espacios alternativos. No hay plazas, solo centros comerciales; no hay ágoras, solo timelines.

Cuando el paisaje está tan colonizado, el “haz detox digital” suena a chiste privado.

La IA como fase avanzada del cambio de régimen

Si proyectamos esta dupla Pepi-Doctorow hacia el presente inmediato, la IA generativa aparece como una nueva vuelta de tuerca. Hasta ahora, la batalla se libraba en la capa de la visibilidad: feeds, timelines, buscadores, recomendaciones. La discusión era “quién decide qué veo”.

La nueva capa desplaza la pregunta a “quién decide qué entiendo”. Con modelos que resumen, traducen, priorizan y responden, ya no se trata solo de filtrar información, sino de pre-digerirla. El riesgo, leyendo a Pepi en clave institucional, es transparente: si una plataforma controla el asistente que responde a tus dudas y organiza tu trabajo, ejerce un poder editorial y político aún más profundo que el que ya tenían buscadores y redes.

Doctorow probablemente diría algo parecido a lo que ya ha dicho con otras tecnologías: disfrutamos ahora de la fase “miel sobre hojuelas”, donde el servicio es sorprendentemente útil y relativamente barato. Pero, si el patrón se repite, llegará la fase de la “enshittification” aplicada a la IA: respuestas sesgadas hacia productos propios, muros de pago cada vez más agresivos, recogida de datos cada vez más intrusiva y, de fondo, una dependencia cognitiva que hará más difícil recuperar capacidades que hemos externalizado.

Pepi pondría el foco en la palabra “dependencia”: cuánto más se naturalice que la interpretación del mundo pasa por una plataforma, más difícil será discutir colectivamente las condiciones de ese filtro. Si ya era complicado regular un feed, imaginemos regular un sistema que genera, prioriza y empaqueta significado.

Sobrevivir a la utopía sin leer el manual

El subtítulo del libro de Pepi es muy elocuente: Surviving Digital Utopia. No habla de construirla ni de disfrutarla, habla de sobrevivirla. Sugiere que la utopía funcionó, en realidad, como un tipo de catástrofe: una promesa de emancipación que, por el camino, reconfiguró relaciones de poder sin que tuviéramos un lenguaje político claro para nombrarlo.

¿Hace falta leerse cada página para captar la idea general? Probablemente no. El mero hecho de que un libro con ese enfoque exista, que lo edite una casa como Melville House y que esté circulando en debates sobre política tecnológica, ya es síntoma de cambio de fase. Venimos de la euforia (2000‑2010), hemos atravesado la decepción y el escándalo (2010‑2020) y estamos entrando en una etapa abiertamente antagonista, donde la conversación deja de ser “cómo hacer mejores plataformas” y pasa a ser, cada vez más, “qué hacemos contra el poder de las plataformas”.

Desde ese ángulo, la propuesta que se dibuja no es ludita; no va de romper máquinas ni de refugiarse en cabañas sin wifi. Lo que aparece es más bien un giro institucionalista. Recuperar, reinventar y proteger espacios de gobernanza que no estén diseñados al servicio de accionistas, sino de comunidades concretas. Pensar en escuelas, bibliotecas, medios, cooperativas, reguladores y marcos legales como parte de la infraestructura digital, no como decorado analógico que “estorba” la innovación.

Pepi aporta el marco: esto va de soberanía, de quién manda en las infraestructuras donde transcurre la vida cotidiana. Doctorow aporta la advertencia concreta: si dejamos ese mando en manos de plataformas sin contrapesos, el deterioro no es un accidente, es un resultado lógico de sus incentivos.

En medio estamos nosotros, usuarios y ciudadanos, intentando entender por qué todo parece funcionar peor a medida que la tecnología se vuelve más sofisticada. Tal vez no haga falta correr a comprar el libro para captar lo esencial. A veces, lo que se necesita no es un manual detallado, sino que alguien señale al elefante en la habitación y le ponga un nombre lo bastante incómodo como para que ya no podamos fingir que no está ahí.

No es tu falta de disciplina, ni tu incapacidad para “usar bien” las herramientas, lo que explica el malestar digital. El problema es la arquitectura del régimen en el que viven esas herramientas. Y todo indica que Against Platforms aspira, precisamente, a convertirse en el panfleto de esa oposición emergente.