La república tecnológica, de Alex Karp, no es un libro especialmente elegante. Su construcción es desigual, su tono a ratos demasiado solemne, su argumento avanza a saltos. Y, sin embargo, lleva semanas instalado en el fondo de mi cabeza. No por lo que afirma, sino por lo que desplaza.

Karp no aporta ideas radicalmente nuevas. Lo que hace es algo más incómodo: quitar el suelo a una serie de supuestos sobre los que llevamos veinte años apoyados. La neutralidad de la tecnología. La autonomía relativa del ecosistema innovador respecto al poder político. La idea, casi nunca explícita, de que la innovación es un asunto privado y la geopolítica un asunto público. Esos supuestos han envejecido peor de lo que parece.
La infraestructura ya no es neutra
Durante años hemos hablado de la tecnología como sector. Un ámbito económico con sus métricas, sus rondas, sus líderes y sus ciclos. Esa categoría sirvió mientras el centro de gravedad del software estaba en la productividad y el consumo: aplicaciones, plataformas, redes sociales, comercio electrónico.
Pero el centro se ha movido. Sistemas de inteligencia artificial integrados en defensa, infraestructuras energéticas, vigilancia, biotecnología, finanzas críticas. Lo que se construye hoy no es producto: es capacidad estructural. Y la capacidad estructural no se discute en términos de mercado, sino de poder.
Karp dice algo sencillo y duro: quien controla esa capa controla el campo de juego. La pretensión de neutralidad funcionaba mientras la tecnología decoraba el poder. Cuando lo constituye, esa pretensión se vuelve ingenua y, a la vez, políticamente conveniente para quien ya domina la capa. Aquí es donde Palantir aparece, inevitablemente, en el subtexto del libro. Y donde la lectura desde este lado del Atlántico se complica.
Europa regula lo que otros construyen
El proyecto europeo en lo digital ha sido, sobre todo, un proyecto regulatorio. GDPR, Digital Markets Act, AI Act. Hay una intención real, y respetable, de preservar derechos en un entorno de cambio acelerado. La parte regulatoria europea es mucho más sofisticada de lo que su mala prensa sugiere.
El problema es lo que falta debajo. Europa regula plataformas que no ha construido, modelos que no entrena y nubes que no opera. La paradoja de un actor con peso normativo y dependencia operativa es difícil de sostener a medio plazo. La regulación da forma al campo, pero no decide el campo. Cuando todas las piezas críticas están fabricadas fuera, regular es, en buena medida, repartir cargas dentro de un juego diseñado por otros.
Esto conecta con un debate más amplio sobre soberanía. La del siglo XX se medía en territorio, energía y moneda. La del XXI añade capas: cómputo, datos, modelos, cadenas de suministro de semiconductores, sistemas autónomos. Sin una posición propia en esas capas, la autonomía estratégica es un eslogan. Karp no escribe sobre Europa, pero leerlo desde aquí produce un efecto involuntario: subraya, página tras página, la distancia entre la sofisticación normativa europea y su debilidad industrial.
Ucrania ha cerrado un debate
Hay una conversación que en la última década ocupó mucho oxígeno en el ecosistema tecnológico occidental: si las empresas de software debían trabajar con ministerios de defensa. Hubo dimisiones, manifiestos internos, retiradas de contratos. Era un debate legítimo y, en cierto modo, propio de un período relativamente plácido.
Ese debate está cerrado. No por argumentación, sino por los hechos.
La guerra de Ucrania ha mostrado que la diferencia entre ganar y perder en el campo de batalla pasa por satélites comerciales, sistemas de análisis de datos, drones civiles modificados, redes de comunicaciones privadas y modelos de visión por computador entrenados a toda velocidad. La frontera entre tecnología civil y militar ha dejado de ser una línea para convertirse en un gradiente, y el gradiente está claramente desplazado hacia la integración.
Lo interesante de Karp aquí es que no entra en la dimensión moral del asunto. Lo da por terminado y se concentra en la pregunta siguiente: si la defensa contemporánea se hace con tecnología avanzada, ¿qué tipo de relación entre Estado, empresas y talento cualificado hace falta para que esa tecnología exista, en cantidad y en calidad, dentro del propio bloque? Para Estados Unidos esa pregunta tiene respuestas, imperfectas pero existentes. Para Europa, la respuesta sigue siendo embarazosa.
La alianza incómoda
La propuesta de fondo del libro es la de una nueva alianza entre Estado, empresas tecnológicas y valores democráticos. No un retorno al complejo militar-industrial del siglo XX, sino algo más fluido: redes de empresas privadas con misión pública explícita, capaces de moverse rápido, atraer talento competitivo y operar con vocación estratégica.
Es una idea atractiva y problemática a partes iguales.
Atractiva porque resuelve un problema real. Los Estados son lentos, las empresas privadas son rápidas, y muchas tecnologías críticas avanzan a ritmos que las administraciones no pueden seguir. Problemática porque tensiona los valores que se supone se quieren proteger. Más alineamiento entre tecnología y Estado se traduce, casi por inercia, en más capacidad de control sobre la ciudadanía, y la prioridad otorgada a la seguridad acaba comprimiendo derechos que dábamos por consolidados. La planificación estratégica desde arriba, además, tiene un coste alto sobre la espontaneidad que ha hecho fértil al ecosistema innovador.
Karp parece dispuesto a aceptar esa fricción como inevitable. La lectura europea, otra vez, es más incómoda. Hemos construido buena parte de nuestra identidad política sobre la idea de que esos equilibrios sí pueden mantenerse. Si Karp tiene razón, mantenerlos exige mucho más que regular: exige construir.
Capacidad sin criterio
Hay una dimensión del libro que se queda más en el aire, pero que quizá sea la más importante.
Hemos pasado, en muy pocos años, de una situación de escasez de capacidad tecnológica a una de abundancia. Casi cualquier cosa puede automatizarse, simularse, escalarse, generarse a coste marginal. La fricción ya no está en el poder hacer, sino en el saber qué hacer.
Esta es la pregunta que las repúblicas tecnológicas, las europeas y las americanas, suelen evitar. Discutimos cómo construir más rápido, con qué chips, con qué fondos, con qué alianzas. Discutimos mucho menos qué tipo de capacidad estratégica queremos tener y para qué fines. La conversación sobre medios devora la conversación sobre fines.
Cuando todo se vuelve posible, el criterio se convierte en el recurso escaso. Y el criterio no se compra ni se subvenciona. Se cultiva en marcos de pensamiento, en instituciones, en debates públicos serios y en la propia experiencia de quienes diseñan los sistemas. En la lectura larga de Dalio sobre el cambio de orden mundial, lo que decide el ciclo no son solo las capacidades acumuladas sino las decisiones políticas que se toman con ellas. Karp, sin proponérselo, está diciendo lo mismo desde otro ángulo.
La pregunta que falta
El libro no resuelve estas tensiones. Probablemente ese sea su mayor mérito. Empuja a mirar la tecnología no como una capa que optimiza lo que ya hacemos, sino como algo que reescribe las reglas del juego. Y en ese marco, la pregunta de moda —¿qué se puede construir con esto?— pierde centralidad frente a otra mucho más antigua y mucho más política: quién decide qué se construye, con qué recursos, dentro de qué proyecto y al servicio de qué.
Para Europa, esa pregunta no admite muchas más prórrogas. Llevamos años respondiendo en clave defensiva: qué hay que limitar, qué hay que vigilar, qué hay que prohibir. Es una conversación necesaria, pero insuficiente. La que falta es la propositiva: qué queremos ser capaces de construir por nosotros mismos, en alianza con quién, sobre qué supuestos compartidos, y a qué precio en términos de los equilibrios que hemos defendido durante décadas.
Karp no nos da esa respuesta. Pero leerlo deja muy claro que seguir sin formularla, en serio, ha dejado de ser una opción razonable.
