Aula dividida en dos espacios: uno ordenado y estandarizado con pupitres alineados, y otro más abierto y flexible que sugiere aprendizaje autónomo y exploración.
Dos formas de entender la educación: la lógica de la estandarización frente a un aprendizaje más abierto, activo y orientado a desarrollar capacidad real de aprender.

Hace años que en Foxize partimos de una incomodidad difícil de articular. No era que la formación profesional fuera aburrida, aunque a menudo lo era. No era que los contenidos estuvieran desactualizados, aunque muchas veces también. Era algo más estructural: la sensación de que el modelo que heredamos para aprender —ese que organiza el conocimiento en bloques, lo transfiere de quien sabe a quien no sabe, y lo certifica con un examen— había sido diseñado para un mundo que ya no existe.

Smart Lifelong Learning de Wilfried R. Vanhonacker nombra esa incomodidad con una precisión que agradezco. Y lo hace desde la autoridad de alguien que ha cofundado dos de las escuelas de negocios más influyentes de China y Rusia, que ha dirigido el programa de doctorado del INSEAD, y que lleva décadas preguntándose, en voz alta, si el sistema que gestiona sabe realmente para qué existe.

La máquina de entregar contenidos

La tesis central del libro es tan sencilla como incómoda: el sistema educativo moderno no fue diseñado para que la gente aprendiera. Fue diseñado para que la gente recibiera contenidos de manera eficiente, predecible y escalable.

Un sistema orientado a la entrega estandarizada tiene sus propios incentivos. Premia la cobertura del programa, no la comprensión profunda. Evalúa la reproducción de información, no la capacidad de aplicarla en contextos nuevos. Organiza el tiempo en cursos con inicio y fin, como si el aprendizaje respetara los trimestres académicos. Y delega, de manera silenciosa pero sistemática, la responsabilidad de aprender en el alumno —que debe estudiar, memorizar y demostrar en el examen—, mientras el sistema se atribuye el mérito de haberle formado.

No es una crítica a los docentes. Es una crítica a la arquitectura. Los mejores profesores que he conocido han aprendido a trabajar a pesar del sistema, no gracias a él. Lo que Vanhonacker argumenta es que el sistema tiene un propósito equivocado desde el origen, no desde la implementación.

Y ese propósito tuvo sentido durante mucho tiempo. En un mundo donde el conocimiento era escaso y relativamente estable, tenía lógica construir instituciones que lo almacenaran y lo transmitieran de forma ordenada. La universidad como repositorio del saber humano. El diploma como señal de que alguien había absorbido lo que la sociedad consideraba necesario. El problema es que esa sociedad ya no es la nuestra.

Cuando el conocimiento tiene fecha de caducidad

El problema no es solo que el conocimiento se acumule más rápido. Es que caduca. Las habilidades técnicas que se aprenden hoy pueden ser irrelevantes en cinco años. Los marcos de análisis que parecían sólidos quedan obsoletos cuando cambia el entorno. Las profesiones se transforman, desaparecen o se reinventan a una velocidad que ningún plan de estudios puede anticipar.

Tom Vanderbilt lo señalaba en Beginners: con la revolución industrial llegó la creciente especialización del trabajo, y el conocimiento se volvió cada vez más segmentado. El polivalente hombre del Renacimiento dejó paso a la figura del experto. El mundo laboral añadió presión para aparecer constantemente en el mejor de los casos en el campo específico de uno. El resultado es una identidad profesional frágil: muy sólida en un dominio concreto, muy vulnerable cuando ese dominio se transforma.

En este contexto, la pregunta relevante ya no es qué hay que saber, sino cómo hay que aprender. Y ahí es donde el sistema falla con más claridad: no enseña a aprender. Enseña contenidos, pero no construye la capacidad de actualizar esos contenidos de forma autónoma cuando el mundo cambia.

La aceleración tecnológica convierte esto en un problema urgente. La tecnología no solo añade nuevos conocimientos que aprender; reorganiza constantemente qué conocimientos resultan valiosos. Quien no cultiva la capacidad de aprender de manera continua no se queda atrás. Se queda fuera. No hay velocidad de crucero posible en un entorno donde detenerse equivale a retroceder.

La herencia que persiste

Lo más revelador no es que el sistema educativo falle durante los años de formación. Es que deja una herencia que persiste décadas después.

En más de mil proyectos de formación corporativa en Foxize hemos constatado algo que todavía me cuesta explicar a quien no lo ha vivido de cerca: solo uno de cada tres empleados se toma en serio su reaprendizaje. No porque no tengan acceso a formación. No porque no dispongan del tiempo. Sino porque su relación con el aprendizaje —construida durante veinte años de educación formal— es fundamentalmente pasiva. Se aprende cuando alguien lo exige, no cuando uno lo necesita. Se busca el certificado, no la comprensión. Se evita el error en lugar de convertirlo en material de trabajo.

He visto este patrón repetirse en empresas grandes y pequeñas, en sectores muy distintos, en perfiles técnicos y directivos por igual. No es una cuestión de voluntad individual. Es lo que queda cuando un sistema te entrena durante dos décadas para ser receptor de conocimiento en lugar de productor de aprendizaje. La escuela no solo transmite contenidos: transmite una relación con el conocimiento. Y esa relación, instalada tan temprano, es difícil de desmontar.

Lo que propone Vanhonacker

El modelo que el libro llama S3L —Smart Lifelong Learning— parte de tres ideas que, enunciadas así, suenan razonables. Lo interesante es lo que implican cuando se toman en serio.

La primera es que el aprendizaje debe estar anclado en el potencial singular de cada persona, no en un programa diseñado para una cohorte homogénea. El sistema actual ignora esto no por maldad sino porque no puede procesarlo a escala: la estandarización es su condición de posibilidad. Pero precisamente ahí está el problema. Cuando diseñas para todos, no diseñas para nadie.

La segunda es que debe orientarse a la realidad que viene, no a la que ya pasó. Las universidades y escuelas construyen sus programas mirando al pasado —qué conocimientos han demostrado ser valiosos— sin mecanismos reales para anticipar qué capacidades serán necesarias en un entorno que todavía no existe. El desfase no es un accidente. Es estructural.

La tercera, y quizás la más malentendida, es que debe estar habilitado por la tecnología. No condicionado por ella. Muchas instituciones han incorporado tecnología como una capa sobre el mismo modelo de siempre —el PowerPoint sustituyendo a la pizarra, el campus virtual replicando el aula física— sin tocar lo esencial. La tecnología inteligente tiene el potencial de personalizar recorridos de aprendizaje, detectar lagunas, adaptar ritmos. Pero solo si el modelo que la sustenta ha cambiado antes. De lo contrario, es una mejora cosmética sobre un problema de fondo.

Reformar o reconstruir

Vanhonacker es honesto al reconocer que la reforma incremental no llega. No se trata de añadir más horas de prácticas, actualizar los programas cada cinco años o incorporar herramientas digitales en el aula. La propuesta es más radical: pasar de un sistema diseñado para entregar conocimiento a un sistema diseñado para construir aprendices.

Eso implica repensar qué función tiene la educación formal en la vida de una persona. Vanhonacker la propone no como un destino —el período en que uno se forma para entrar al mercado laboral— sino como un punto de partida hacia una práctica que dura toda la vida. No el lugar donde se aprende lo que hay que saber. El lugar donde se aprende a aprender.

Soy consciente de que esta idea circula desde hace tiempo en ciertos ámbitos educativos y empresariales, a veces con demasiada facilidad. Se invoca el lifelong learning como si fuera un valor corporativo más, una sección del informe de sostenibilidad. Lo que hace el libro de Vanhonacker es recordar que no es una aspiración. Es una exigencia estructural del momento en que vivimos. Y que mientras no rediseñemos el sistema desde esa premisa —no encima de ella—, seguiremos gestionando síntomas.

La pregunta de fondo sigue sin respuesta institucional: ¿para qué existe el sistema educativo? No lo que dice que existe. Lo que hace cuando nadie mira.