Bloques globales

Hay libros que no buscan epatar con predicciones estridentes ni competir con la futurología dominante, sino algo más simple y más útil: poner orden. En tiempos turbulentos, esa capacidad vale más que cualquier promesa de clarividencia. El nuevo orden económico mundial, de Daniel Lacalle, pertenece a esta categoría. No es un manifiesto ni una obra de teoría económica; es un mapa. Un mapa de cómo Estados Unidos, China y Europa están redefiniendo su forma de competir, cooperar y confrontarse en un escenario que ya no se parece al de hace solo diez o quince años.

La tesis central del libro es fácil de resumir pero difícil de aceptar: el mundo que dimos por sentado durante la era de la globalización ya no existe. No se ha derrumbado de un día para otro, pero sí ha dejado de ser el marco natural desde el que operar. Las reglas del juego han cambiado, y lo que antes era ortodoxia —eficiencia, deslocalización, mercados abiertos— ahora convive con prioridades muy distintas: seguridad, soberanía y resiliencia.

Del mundo abierto al mundo blindado

Durante los años 90 y los 2000, se consolidó la idea de que la globalización era un destino. Las empresas produciendo donde fuera más barato, las cadenas logísticas extendiéndose como redes capilares por continente, y los países reduciendo aranceles como símbolo de modernidad. La globalización se convirtió en una especie de religión civil: inevitable, beneficiosa y, sobre todo, estable.

Ese imaginario empezó a resquebrajarse mucho antes de la pandemia. La crisis financiera de 2008 ya mostró que la interdependencia también podía transmitir shocks con una rapidez aterradora. Sin embargo, fue la combinación de la rivalidad entre EE. UU. y China, la batalla tecnológica y la sacudida del COVID lo que terminó de dinamitar el viejo consenso.

Lacalle describe con cierta precisión este cambio de humor global. Donde antes se premiaban la eficiencia y la reducción de costes, ahora se premia la capacidad de resistir interrupciones. Donde antes la política industrial era anatema, ahora se usa sin complejos. Y donde antes se creía que las cadenas de suministro eran neutrales, ahora se entienden como infraestructuras de poder.

La economía mundial, que durante tres décadas avanzó hacia la integración, ha virado hacia la fragmentación. No como un colapso, sino como un reajuste. Un ajuste que, según Lacalle, ha llegado para quedarse.

#87 Daniel Lacalle: El Nuevo Orden Económico Mundial

Estados Unidos recupera el pulso industrial

Uno de los aspectos más sugerentes del libro es el análisis del papel de Estados Unidos. A pesar de que desde fuera se repite el mantra del “declive americano”, Lacalle sostiene que el país sigue teniendo una ventaja estructural difícil de replicar: independencia energética, un ecosistema innovador vibrante, una moneda hegemónica y un sector privado hipercompetitivo.

La política industrial de la Administración Biden —el IRA, los subsidios a los microchips, los incentivos a la manufactura avanzada— no se entienden solo como medidas económicas, sino como una estrategia de seguridad nacional. Los estadounidenses han interiorizado que depender de competidores estratégicos para tecnologías críticas es un riesgo que ya no están dispuestos a asumir. Y han decidido invertir cifras enormes para reconstruir su músculo industrial.

Lacalle destaca un matiz interesante: la narrativa del “reshoring” no es nostálgica ni proteccionista en el sentido tradicional. Es una respuesta racional a un mundo más volátil. EE. UU. no quiere ser barato; quiere ser imprescindible. Y está construyendo las infraestructuras —energéticas, tecnológicas y productivas— para que así sea.

China frente a sus tensiones internas

China ocupa inevitablemente una parte central del libro. Lacalle describe al gigante asiático desde una cierta distancia analítica: reconoce su poder industrial descomunal, pero también sus debilidades estructurales, demasiado grandes como para ignorarlas.

El país ha crecido durante décadas apoyado en un modelo que combinaba inversión pública masiva, crédito abundante y mano de obra barata. Ese modelo, sin embargo, empieza a mostrar signos de agotamiento. La burbuja inmobiliaria amenaza la estabilidad del sistema financiero. El envejecimiento de la población presiona el gasto social y reduce la fuerza laboral. El control político rígido limita la innovación en sectores clave. Y la desconfianza internacional ha aumentado desde la pandemia.

Aun así, nadie puede permitirse minusvalorar a China. Sigue siendo el centro de gravedad de la manufactura global y un actor decisivo en materiales estratégicos, energía solar, baterías y comercio internacional. El desafío, como sugiere Lacalle, no es tanto su fortaleza como su intento de gestionar la transición hacia una economía más madura sin perder control interno.

Europa en tierra de nadie

Quizás la parte más incómoda del libro sea la dedicada a Europa. No porque sea exagerada, sino porque retrata una realidad que cuesta admitir: el continente quiere jugar en la Champions de la economía global, pero llega a los partidos con un equipo cansado.

Europa depende energéticamente del exterior, regula con una intensidad que ahoga a sus propias empresas y carece de campeones tecnológicos capaces de competir con las plataformas estadounidenses o chinas. La ambición política de la autonomía estratégica existe, pero la ejecución llega tarde o se diluye en procesos políticos interminables.

Lacalle no cae en el catastrofismo, pero sí señala que el riesgo real para la Unión Europea es convertirse en un mercado rico, pero pasivo. Importador de tecnología, importador de energía y exportador de regulaciones. En un mundo que se reorganiza en torno a bloques, Europa debe decidir si quiere ser protagonista o espectadora. Y el tiempo corre.

El mundo reorganizado en bloques

La idea más potente del libro es que la globalización no ha muerto; simplemente se ha transformado. Ya no es un sistema horizontal donde todos los países operan bajo las mismas reglas, sino un mosaico de bloques. Estados Unidos y China marcan el ritmo. Europa intenta mantener un papel propio. Y el resto del mundo —desde Latinoamérica hasta África, pasando por Oriente Medio— navega entre alianzas cambiantes en función de intereses energéticos, financieros o militares.

Esta reorganización tiene consecuencias que ya son visibles: menos dependencia de un único proveedor, más inversión nacional en sectores críticos, acuerdos comerciales más selectivos, cambios en flujos de capital y una diplomacia económica mucho más agresiva.

Para las empresas, esto significa que la geopolítica deja de ser un ruido de fondo para convertirse en un factor estratégico de primer nivel. Ya no se puede planificar solo con hojas de cálculo; hay que hacerlo también con mapas.

Lecciones para navegar un tiempo más incierto

Lo más valioso del libro es que no se queda en la descripción. También ofrece claves para interpretar este nuevo escenario. La primera es evidente: la eficiencia ya no es el criterio dominante. La seguridad —de suministro, tecnológica, energética— se ha convertido en prioridad. La segunda es que la política industrial ha vuelto, y no solo para las economías emergentes. Y la tercera, quizá la más importante, es que quien controle energía, tecnología y datos tendrá poder real.

Lacalle no lo formula así, pero el mensaje subyacente es claro: las empresas y países que entiendan esta transición antes tendrán ventaja. Y quienes sigan operando como si nada hubiera cambiado, pagarán el precio.

Un mundo que pide más lucidez

Al final, el libro funciona como una llamada a la lucidez. No hace falta compartir todas las tesis de Lacalle para apreciar el valor de su mirada. Su análisis recuerda que la economía ya no se puede separar de la geopolítica; que las interdependencias que parecían una bendición universal también tienen un coste; y que la estabilidad no es un estado natural, sino una excepción.

El mundo que emerge es más incierto, más fragmentado y más exigente. Pero también abre espacio para quienes sepan leerlo con perspectiva. Y tal vez ahí está la utilidad mayor del libro: ayudar a ver el tablero completo antes de que se reconfiguren de forma definitiva las piezas.