
Chris Hayes arranca su libro ‘El canto de las sirenas’ con una escena que casi todos hemos visto en alguna parte: Ulises, atado al mástil del barco, luchando por no ceder ante el canto de las sirenas. Él las oye. Siente la atracción. Pero no puede moverse. Su tripulación, con cera en los oídos, ni siquiera percibe lo que está pasando.
Esa imagen, que tiene tres mil años, funciona hoy como retrato de lo que nos ocurre cada vez que desbloqueamos el móvil. Vivimos rodeados de sirenas modernas: apps, feeds infinitos, alertas, breaking news, notificaciones sociales, vídeos que arrancan solos. Todas compiten por lo mismo: unos segundos de nuestra atención.
El subtítulo del libro lo dice sin rodeos: Cómo la atención se ha convertido en nuestro bien más amenazado. Para Hayes, lo que está pasando con la atención recuerda a lo que ocurrió con la fuerza de trabajo durante la Revolución Industrial: un recurso humano explotado a escala masiva, sin apenas límites ni contrapesos. No es un problema de voluntad. Es un sistema.
De la fábrica al feed
Hayes plantea un paralelo sencillo pero revelador. En la Revolución Industrial se aprendió a exprimir la fuerza física. En la revolución digital se ha aprendido a exprimir la atención. Solo hay 24 horas en el día, pero el volumen de contenidos, pantallas y estímulos no deja de crecer. La atención se convierte en un cuello de botella y, por tanto, en el recurso más disputado. Gobiernos, marcas, medios, plataformas, creadores, aspirantes a influencer: todos compiten en el mismo mercado, el de esos pocos minutos de tu foco.
Por eso todo está tan optimizado. Tests A/B incesantes, titulares cada vez más agresivos, notificaciones diseñadas para disparar una respuesta automática, scroll infinito, recompensas variables, recomendaciones personalizadas. No es que “nos falte disciplina”; es que estamos jugando contra sistemas ajustados al milímetro para explotar justo donde somos más vulnerables.
Como apunta Hayes, lo que distingue este momento de otros pánicos tecnológicos anteriores —la novela, el cómic, la televisión— es la escala y la precisión del aparato: plataformas globales con miles de millones de usuarios, cantidades obscenas de datos sobre cómo reaccionamos y algoritmos capaces de predecir qué nos enganchará mejor y durante cuánto tiempo.
Tres tipos de atención
Una de las aportaciones más útiles del libro es la distinción entre tres formas de atención que conviven en nosotros.
La primera es la atención voluntaria: la que decidimos dirigir conscientemente a algo. Sentarnos a leer, concentrarnos en un problema, escuchar a alguien sin mirar el teléfono. Es la más cara y la más frágil. Requiere tiempo, energía, silencio. Es el ingrediente básico del trabajo profundo, la creatividad y el aprendizaje serio.
La segunda es la atención involuntaria: la que salta sola ante lo urgente, lo nuevo o lo amenazante. Un ruido fuerte, una luz roja, un titular alarmante. Es un mecanismo de supervivencia que no pide permiso. Las plataformas lo saben y lo explotan: cada alerta está diseñada para activar ese reflejo.
La tercera es la atención social: la que busca ser visto y reconocido. Se activa cuando miramos si alguien ha respondido a un mensaje, cuántos likes tiene una publicación o quién ha visto nuestra historia. Es antigua —el deseo de reconocimiento es tan viejo como la especie— pero las redes la han amplificado hasta convertirla en una máquina de ansiedad y comparación constante.
La economía de la atención funciona cruzando estas tres capas. Las plataformas disparan la involuntaria (el sobresalto, la alarma), alimentan la social (la validación, el miedo a perderse algo) y, con ambas, secuestran la voluntaria. Entramos “solo un segundo” a mirar una notificación… y de pronto han pasado veinte minutos.
La política como espectáculo permanente
Hayes no se queda en el plano individual. Una parte importante del libro se dedica al impacto de la economía de la atención sobre la política y los medios. Y aquí escribe desde dentro: es presentador y comentarista y lleva años compitiendo por audiencias en un entorno cada vez más fragmentado.
Lo que antes era una lucha de ideas se ha ido convirtiendo en una lucha por el clic y el share. No gana necesariamente quien tiene mejores propuestas, sino quien consigue ocupar más espacio mental. Figuras como Donald Trump entienden esta lógica de forma casi instintiva: saben que el escándalo, la provocación constante y el conflicto son combustible perfecto para el ciclo mediático. Como dice Hayes, Trump es “la figura pública por excelencia de la era de la atención”.
Los medios, que se suponía debían filtrar y dar contexto, también viven de la atención. Si no alimentan el fuego, pierden audiencia. Hayes lo describe con una imagen incómoda: “es como agitar llaves delante de un perro”. El resultado es una conversación pública que salta de una polémica a otra antes de que tengamos tiempo de digerir la anterior. Nos movemos más por reflejo que por reflexión.
El coste de vivir con la atención rota
Hayes insiste en que la atención no es solo “tiempo de pantalla”. Cuando la reducimos a mercancía, el coste se paga en varios frentes.
El primero es la autonomía personal. Vivir en interrupción permanente hace muy difícil sostener proyectos largos, aprender algo complejo o simplemente pensar sin ruido. Esa sensación crónica de “no llego a nada” no tiene tanto que ver con la lista de tareas, sino con la imposibilidad de trabajar en profundidad.
El segundo es el tejido relacional. Familias que comparten salón pero no conversación, amigos cenando juntos pero cada uno mirando su pantalla, parejas que viven en notificaciones cruzadas. Las relaciones se van fragmentando en microinteracciones: reacciones rápidas, emojis, stories… y poca conversación lenta.
El tercero es la calidad democrática. Cuando el espacio público se organiza según lo viral, los temas complejos desaparecen. Los matices se pierden. Los discursos que se imponen son los que mejor explotan la indignación, el miedo o la pertenencia tribal. Es el entorno ideal para populistas, trolls y actores que dominan las dinámicas de la atención.
De ahí la idea de “recurso en peligro de extinción”: si normalizamos vivir con la atención rota, lo que se degrada no es solo el bienestar individual, sino la capacidad colectiva para tomar decisiones razonables.
¿Se puede regular la economía de la atención?
Hayes intenta cerrar con propuestas, aunque reconoce que no hay soluciones fáciles. Sugiere que, igual que en su momento se regularon las jornadas laborales y las condiciones en fábrica, quizá haga falta empezar a limitar ciertas prácticas de captación de atención: diseños adictivos orientados a menores, opacidad en los algoritmos de recomendación, sistemas pensados explícitamente para generar dependencia.
También defiende la necesidad de más espacios digitales no comerciales, donde el objetivo no sea exprimir la atención hasta el último segundo, sino ofrecer un servicio sin esa presión. Y plantea una reflexión profunda sobre el modelo publicitario que sostiene buena parte de internet: mientras el indicador clave sea “tiempo dentro”, el diseño estará condicionado por ello.
Son medidas imperfectas, sí. Algunas suenan voluntaristas y cuesta imaginar cómo se implementarían sin efectos secundarios. Pero el valor del libro está en desplazar la conversación: dejar de tratar la atención como un simple “tema de hábitos personales” y colocarla donde corresponde, en el centro de un modelo económico.
Lo que queda después de cerrar el libro
Leído desde la intersección entre tecnología, IA, educación y política, el libro deja varias ideas que resuenan más allá de la anécdota. La atención es una infraestructura mental colectiva: si la erosionamos, se resiente todo. La combinación de IA y grandes plataformas funciona como un multiplicador de poder: quien ya tenía acceso a los canales ahora, además, puede optimizar la forma de explotarlos.
El problema no es este o aquel contenido, sino el vector: un sistema que premia lo que engancha por encima de lo que ayuda. Los espacios pequeños, de baja escala y sin ánimo de explotar atención —un grupo de amigos, una comunidad de aprendizaje, un club de lectura— empiezan a parecer casi un lujo. Educar la atención, propia y ajena, será tan importante como enseñar a leer o a programar.
Y ahora, ¿qué hacemos con esto?
Después de leer El canto de las sirenas, seguir igual se hace difícil. No porque el libro traiga una lista mágica de soluciones, sino porque obliga a mirarse en el espejo.
¿Cuánta de la comunicación que hacemos —como personas, como empresas, como medios— está pensada para merecer la atención y cuánta para capturarla a cualquier precio? ¿Cuánta atención profunda tenemos realmente al día, de la que se dedica a pensar, crear, aprender, escuchar, y no solo a reaccionar? ¿Qué espacios no comerciales estamos construyendo para sostener conversaciones lentas, complejas, sin urgencia ni métricas de engagement? ¿Cómo usamos la IA: para reducir ruido y liberar foco o, al contrario, para generar todavía más ruido, más contenido y más fricción?
Si la fuerza de trabajo necesitó leyes, sindicatos y cambios culturales para salir de la selva, puede que la atención esté entrando en su propio siglo XIX. Mientras encontramos formas colectivas de defenderla, lo único honesto es reconocer que seguimos navegando entre sirenas. La diferencia, después de leer a Hayes, es que ya no podemos fingir que solo son canciones de fondo.
