
Llevamos un tiempo notando algo raro: suben los tipos, la inflación no vuelve del todo al 2%, los salarios empiezan a moverse más que en décadas… y, sin embargo, seguimos buscando las causas solo en shocks puntuales: la pandemia, las cadenas de suministro, Ucrania, Oriente Medio. Es cómodo pensar que todo es transitorio, pero debajo de esos ruidos de corto plazo hay una historia de fondo mucho más lenta, profunda e incómoda: la estructura de edades de la población mundial está cambiando y, con ella, el régimen económico en el que operan empresas, gobiernos e inversores.
Durante unos 30 años vivimos con un viento de cola que parecía inagotable: mano de obra abundante, bienes cada vez más baratos, tipos de interés cayendo y bancos centrales ganando credibilidad desinflacionaria casi sin esfuerzo. Ese entorno no fue un accidente ni fruto exclusivo de la tecnología; fue, en buena parte, demografía aplicada a macroeconomía. Y, si Charles Goodhart y Manoj Pradhan tienen razón en The Great Demographic Reversal, ese ciclo se ha cerrado y estamos entrando en su espejo: un mundo más envejecido, con menos trabajadores, más gasto en mayores y una inflación de base estructuralmente más alta.
La pregunta clave no es si la próxima recesión bajará la inflación uno o dos puntos, sino si el “suelo” sobre el que bailan precios y tipos ha subido. Y aquí es donde la demografía deja de ser un anexo de los informes para convertirse en el corazón de la historia.
Del mundo “barato” al mundo que se encarece
Para entender dónde estamos, conviene rebobinar a los años 80. Durante las tres décadas siguientes, se alinearon varios factores que hoy parecen irrepetibles: los baby boomers en Occidente entraron en su máximo esplendor laboral y de ahorro, China y Europa del Este se incorporaron a la economía global y la globalización se aceleró a una velocidad sin precedentes. De golpe, el mundo pasó a tener cientos de millones de trabajadores adicionales dispuestos a producir barato y a ahorrar una parte creciente de su renta para la jubilación.
Ese “shock de oferta laboral” tuvo varios efectos encadenados: contuvo los salarios en los países ricos, abarató bienes manufacturados y generó un exceso de ahorro global que presionó a la baja los tipos de interés reales. No es casualidad que la caída de la inflación estructural, el auge de las cadenas globales y la gran desinflación de los tipos se solapen temporalmente con esa ola demográfica favorable.
El problema es que esa ola ya rompió en la orilla. Como subrayan Goodhart y Pradhan, China ha dejado de ser joven, su población activa empieza a caer y buena parte de Occidente se jubila en masa. La reserva barata de trabajo global se está agotando justo cuando crece el número de personas que dejan de producir pero siguen consumiendo y exigiendo servicios intensivos en recursos públicos.
La dinámica oculta: qué edad tienes, qué le haces a la inflación
Una de las aportaciones más interesantes del Banco de Pagos Internacionales (BIS) es haber mirado la inflación no solo en función del ciclo económico, sino de la pirámide de edades. Con datos de más de un siglo para un amplio grupo de países, encuentran un patrón muy intuitivo una vez se verbaliza, pero que rara vez está en la conversación diaria: distintas edades empujan la inflación en direcciones distintas.
Simplificando, la vida económica se puede pensar en tres grandes etapas. En la primera, la de los jóvenes adultos (aproximadamente 20–34 años), el comportamiento típico es inflacionario: se entra en el mercado laboral, se forman hogares, se tienen hijos, se compra vivienda y bienes duraderos. Se consume mucho y se ahorra relativamente poco, porque el salario aún es bajo y las necesidades, altas.
En la segunda, la de la madurez laboral (35–64 años), sucede lo contrario. Es la fase de máxima productividad, salario y estabilidad: se reduce el consumo relativo, se amortiza deuda y se ahorra de forma sistemática para la jubilación. Este grupo aporta mucha oferta de trabajo y mucho ahorro; en términos macro, tiende a ser una fuerza desinflacionaria.
En la tercera, la de los mayores (65+), el péndulo vuelve a girar. Una parte relevante deja de trabajar o reduce drásticamente su oferta laboral, pero el consumo no desaparece, sino que se transforma: más servicios sanitarios, más cuidados, más apoyo familiar, más vivienda adaptada. Y, crucialmente, los mayores empiezan a desahorrar, es decir, a gastar lo que acumularon. En conjunto, menos producción, menos ahorro y un consumo relativamente resistente: otra fuerza inflacionaria.
El giro estructural de las próximas décadas se resume así: dejamos atrás un mundo dominado por el segundo grupo (el que trabajaba y ahorraba) y entramos en uno donde el tercero (el que consume y desahorra) gana peso a gran velocidad, acompañado en muchos países por cohortes de jóvenes adultos que reclaman vivienda y servicios en mercados rígidos.
Menos manos, salarios más tensos, servicios más caros
Traducido a microeconomía, el mecanismo no tiene misterio. Si la proporción de población en edad de trabajar se reduce, las empresas compiten por un pool de talento más pequeño. Eso se traduce en mercados laborales más tensos, presión salarial al alza y, en muchos casos, mayor poder de negociación para colectivos que llevaban décadas perdiéndolo.
Aquí entra un matiz que suele pasarse por alto cuando solo se mira la tecnología: buena parte de la demanda que genera el envejecimiento se concentra en servicios difíciles de automatizar o deslocalizar. Cuidar a una persona dependiente, atender en un hospital o prestar apoyo presencial no se puede “importar” tan fácilmente como un microchip o una camiseta. Esa rigidez de oferta en servicios presenciales, combinada con una población mayor que necesita muchos más de esos servicios, introduce una presión estructural sobre los costes que los bancos centrales solo pueden compensar hasta cierto punto con tipos de interés.
Se puede pensar así: durante la era de la globalización máxima, cambiábamos mano de obra cara en el Norte por productos baratos del Sur; ahora, cada vez más, cambiamos mano de obra escasa y cara por servicios que no se pueden mover del sitio. En ese intercambio, el precio relativo del trabajo presencial, especialmente en cuidados, tiende a subir.
Menos ahorro, tipos reales más altos
La otra cara de la moneda es financiera. Mientras las cohortes grandes estaban en su fase de ahorro máximo, el mundo se llenó de ahorro buscando rendimientos seguros. Ese “exceso de ahorro” frente a las oportunidades de inversión fue una de las piezas clave para explicar los tipos de interés reales persistentemente bajos de las últimas décadas.
Si ahora esas cohortes pasan a desahorrar —porque se jubilan, liquidan activos o dejan de acumular— y al mismo tiempo los estados necesitan gastar más en pensiones, sanidad e infraestructuras adaptadas al envejecimiento, la balanza entre ahorro e inversión cambia. En lugar de un mundo con ahorro sobrante, nos podemos encontrar con un mundo donde el ahorro disponible es menos holgado frente a las necesidades de financiación públicas y privadas.
Los trabajos del BIS refuerzan esta idea: cuando aumenta la proporción de dependientes (jóvenes y mayores) y cae la de población en edad de trabajar, no solo repunta la inflación, también tienden a subir los tipos de interés reales de equilibrio. Es decir, el tipo que “cuadra” ahorro e inversión en el largo plazo ya no es tan bajo como el que nos acostumbramos a ver entre 2008 y 2020.
Japón, la gran excepción… que quizá no lo es tanto
A menudo, cuando se plantea que el envejecimiento es inflacionario, aparece el mismo contraejemplo: Japón. Su población envejece desde hace décadas y, sin embargo, ha vivido largos periodos de inflación casi nula o negativa.
El matiz es que, como subrayan Goodhart y Pradhan, Japón envejeció en un mundo que todavía estaba inundado de mano de obra joven y barata en el resto del planeta. El país pudo importar deflación vía bienes manufacturados, mientras su propia demanda interna se veía limitada por otros factores estructurales. Hoy, en cambio, el envejecimiento es un fenómeno mucho más sincronizado: China, Europa, Corea, incluso partes de Latinoamérica, entran en la misma fase casi a la vez.
Eso significa que el “truco japonés” de envejecer en un océano de desinflación externa ya no está disponible en la misma medida. El telón de fondo global es muy distinto, y los estudios empíricos de amplia muestra apuntan a que, en este nuevo contexto, la combinación de envejecimiento generalizado y tensiones geopolíticas puede resultar claramente inflacionaria.
No es el fin del mundo, pero sí del mundo barato
Todo esto no implica apocalipsis, pero sí cambio de régimen. Más poder de negociación para el trabajador, mayor peso de los servicios de cuidados, estados más grandes o, al menos, más tensionados fiscalmente y un entorno de tipos e inflación menos benigno que el de las cuatro décadas anteriores.
Lo relevante para empresas, inversores y responsables públicos es aceptar que el “viento de cola” demográfico se ha dado la vuelta. Lo que antes ayudaba a contener precios y bajar tipos ahora puede empujarlos al alza de forma persistente. Ajustar las velas significa repensar modelos de negocio intensivos en trabajo barato, revisar supuestos de rentabilidad basados en tipos cero eternos y, sobre todo, incorporar la estructura de edades como variable de primer orden en cualquier análisis macroeconómico serio.
Referencias recientes para profundizar
Para quien quiera ir al detalle técnico, estas son algunas de las referencias más influyentes de los últimos años:
- Charles Goodhart & Manoj Pradhan, Demographics will reverse three multi-decade global trends, BIS Working Paper 656, 2017. URL: https://www.bis.org/publ/work656.htm
- N. Arslan, M. Drehmann & B. Hofmann, The enduring link between demography and inflation, BIS Working Paper 722, 2019. URL: https://www.bis.org/publ/work722.htm
- B. de Albuquerque et al., Population aging and inflation: evidence from panel cointegration, Economic Systems, 2020. URL: https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/15140326.2020.1795518
Si la intuición que condensan estos trabajos es correcta, la frase “el mundo ha cambiado” deja de ser un tópico para convertirse en un diagnóstico cuantificable: se acabó el viento de cola demográfico, y lo que viene es un régimen donde la normalidad ya no son los tipos al cero y la inflación desparecida, sino un mundo, sencillamente, más caro.
