SpaceX está a punto de cruzar una frontera que no es solo financiera, sino civilizatoria. Bloomberg explica que la compañía trabaja ya con los bancos para una OPV en 2026 que podría recaudar más de 30.000 millones de dólares y situar la valoración en torno a 1,5 billones, lo que la convertiría en una de las mayores salidas a bolsa de la historia, por encima incluso del récord de Saudi Aramco (“SpaceX to Pursue 2026 IPO Raising Far Above $30 Billion”; “SpaceX IPO Would Give Musk Two of World’s Biggest Listed Companies”).
Detrás de esos números hay un mensaje muy claro: el mercado no está valorando solo cohetes que vuelven a aterrizar o satélites que dan internet. Está empezando a poner precio a algo mucho más grande: la infraestructura crítica de la era de la IA… y el primer intento serio de que una empresa se convierta en actor económico multiplanetario.
Starlink: el AWS en órbita baja
En las informaciones filtradas y recogidas por medios como Investor’s Business Daily se habla de que Starlink podría generar unos 15.000 millones de dólares en 2025 y entre 22.000 y 24.000 millones en 2026, frente a los aproximadamente 8.000 millones de 2024 (“SpaceX Could Launch Largest-Ever IPO Next Year, Reports Say”). Es decir, triplicar ingresos en apenas dos años. A partir de ahí, los múltiplos: a 100 veces ingresos futuros, el mercado está tratando Starlink como si fuera el “nuevo AWS”.
La comparación no es tan loca si miramos datos. AWS facturó alrededor de 90.000 millones de dólares el último año con cerca de un 30% de cuota del mercado cloud. Starlink, por su parte, ha pasado de ser un experimento a convertirse en la mayor constelación de satélites de la historia: más de 7.000 satélites en órbita baja, representando aproximadamente dos tercios de todos los satélites activos del planeta, según el análisis “SpaceX’s Starlink: Connecting the World from Orbit” de la ESA y datos recopilados por ARK y Mach33.
Mientras tanto, la competencia está todavía en la rampa de salida. Amazon Kuiper prepara su despliegue y OneWeb factura del orden de cientos de millones, pero Starlink ya se mueve en miles de millones de ingresos y millones de usuarios activos. Cuando Kuiper esté listo para lanzar servicio comercial a finales de 2026, si los plazos se cumplen, Starlink habrá tenido años para explotar economías de escala, afinar operaciones y cerrar acuerdos regulatorios.
Y, aun así, Starlink es la parte “aburrida” de la historia.
El siguiente nivel: centros de datos de IA en el espacio
La pieza realmente disruptiva se juega en otra liga: energía y computación. Elon Musk ha defendido en distintos foros que el cómputo de IA en el espacio puede ser, en pocos años, más barato y eficiente que en la Tierra, porque en órbita combinas sol casi constante y refrigeración por radiación. La idea parece extremista… hasta que la cruzas con los números de demanda de energía.
Deloitte estima que, solo en Estados Unidos, la demanda eléctrica de los centros de datos de IA podría crecer más de 30 veces hasta 2035, pasando de 4 GW en 2024 a 123 GW en 2035 (“Can US infrastructure keep up with the AI economy?”; resumen en “Deloitte Says Power Demand from AI Data Centers Could Reach 123 GW by 2035”). Esa curva no se resuelve solo con “poner más enchufes”: implica nuevas centrales, nuevas líneas de alta tensión, conflictos territoriales y mucha CAPEX.
En paralelo, grandes tecnológicas empiezan a mirar al espacio como solución parcial. Google ha presentado “Exploring a space-based, scalable AI infrastructure system design” y, más en abierto, “Project Suncatcher explores powering AI in space”: un moonshot para equipar constelaciones de satélites solares con TPUs y enlaces ópticos láser, con una misión de demostración prevista para 2027 (resumen en Fortune: “Google CEO Sundar Pichai: Data centers in space will be more efficient and greener”).
Scientific American se ha sumado al debate con “Space-Based Data Centers Could Power AI with Solar”, donde explica cómo Suncatcher se combina con startups como Starcloud, que ya ha lanzado un satélite de 60 kilos con una GPU NVIDIA H100 en órbita como demostrador de futuros centros de datos orbitales.
La lógica es sencilla: si tienes lanzadores reutilizables muy baratos (SpaceX), una curva de demanda energética de la IA disparada (Deloitte) y actores como Google dispuestos a experimentar con cómputo en órbita (Suncatcher), el concepto deja de ser ciencia ficción pura.
ARK Invest, las simulaciones y el problema de valorar la opcionalidad
En este contexto, la tesis de ARK Invest encaja bastante bien. En junio de 2025, la firma publicó el análisis “ARK’s Expected Value For SpaceX In 2030: ~$2.5 Trillion Enterprise Value”, donde proyecta un valor esperado de 2,5 billones de dólares para 2030, con un escenario alcista de 3,1 billones y uno bajista de 1,7 billones. El modelo, desarrollado junto al colectivo Mach33, se basa en 17 variables y simulaciones Monte Carlo sobre el crecimiento de Starlink y Starship, y parte de una valoración de 350.000 millones en una ronda de diciembre de 2024 (resumen en Investing.com: “SpaceX could reach $2.5 trillion value by 2030, ARK says”).
Uno de los puntos fuertes (y polémicos) del modelo es que:
- Asume que Starlink completa una constelación de decenas de miles de satélites hacia 2035.
- Proyecta que el negocio de comunicaciones podría llegar a unos 300.000 millones de dólares anuales, aproximadamente el 15% del gasto global en comunicaciones (resumen en MEXC: “Cathie Wood’s Ark Invest Predicts SpaceX Valuation Could Hit $2.5 Trillion by 2030”).
- Y, a la vez, no asigna valor directo a potenciales flujos de caja derivados de la colonización de Marte o de actividades como la minería de asteroides, por considerarlos demasiado especulativos.
Es decir, el mercado empieza a valorar un cuasi monopolio de internet en órbita baja y una posible posición dominante en cómputo espacial… mientras deja fuera buena parte de la opcionalidad más extrema.
De la órbita a Marte: el plan que no cabe en Excel
A esto se suma el “plan Marte”, que es donde muchos analistas se bajan del tren. ARK reconoce en su modelo que el desarrollo de Starship y la exploración marciana son piezas clave de la tesis, pero, de nuevo, decide no valorarlas directamente. Lo recoge tanto en su artículo principal como en los materiales complementarios citados en “Starship Advances SpaceX Toward ARK’s ~$2.5 Trillion Valuation”.
Los números que se manejan en presentaciones de Musk y filtraciones varias (número de lanzamientos por ventana, toneladas de carga, horizonte de ciudad autosuficiente en 20 años) siguen sonando a ciencia ficción. Pero la credibilidad no viene de las diapositivas, sino del historial:
- SpaceX ha convertido en rutina la reutilización de cohetes.
- Domina el mercado de lanzamientos comerciales por volumen y precio.
- Ha desplegado la mayor constelación de satélites jamás construida en menos de una década.
Eso no garantiza que Marte vaya a salir bien, pero obliga a tomar en serio la idea de que Starship abra, como mínimo, una nueva capa de infraestructura espacial con impacto económico real.
El choque con la realidad física: Huang, la radiación y la ingeniería dura
Fuera del “hype Musk”, hay voces más frías. Jensen Huang, CEO de NVIDIA, ha hablado abiertamente de la presión brutal que la IA está ejerciendo sobre la infraestructura eléctrica y de refrigeración, pero describe los centros de datos espaciales como “un sueño” de momento, justamente por los problemas que siguen sin resolver: radiación, ciclos térmicos extremos, complejidad de lanzamiento y mantenimiento, y la escala gigantesca de los radiadores necesarios para disipar el calor de clústeres de GPUs en órbita. Buena parte de esta discusión está recogida en análisis técnicos y artículos como el de DataCenterDynamics “AI data center power demand could soar to 123GW by 2035, report”, que complementa la visión de Deloitte sobre el “30x power problem”.
Al mismo tiempo, lo que hace unos años habría sido un hilo de Reddit ahora ocurre en la realidad: revistas como Scientific American o reportajes como “A Nvidia H100 Is Orbiting Earth Right Now: Here’s Why” explican cómo startups como Starcloud ya tienen una GPU H100 dando vueltas alrededor del planeta como demostrador de lo que podría ser la primera generación de “space AI”. Desde ahí, la pregunta deja de ser “¿pura ciencia ficción?” para convertirse en “¿en qué plazos, con qué costes y con quién dominando la cadena de valor?”.
Qué estás comprando realmente a 1,5 billones
Si aceptamos la horquilla de valoración que manejan Bloomberg o Investor’s Business Daily, ¿qué estás comprando cuando pagas 1,5 billones por SpaceX? (“Musk’s Fortune Would More Than Double on $1.5 Trillion SpaceX”; “SpaceX Could Launch Largest-Ever IPO Next Year, Reports Say”).
- Un cuasi monopolio de internet en órbita baja. Starlink ya es una constelación operativa con millones de usuarios y miles de satélites, generando ingresos crecientes.
- La opción de que SpaceX ayude a resolver el cuello de botella energético de la IA moviendo parte del cómputo a órbita. Aquí se cruzan el abaratamiento del lanzamiento (SpaceX), la presión eléctrica (Deloitte, DataCenterDynamics) y los experimentos de Google y otros actores con cómputo espacial (Project Suncatcher, Starcloud).
- Una opción, todavía sin precio claro, sobre la colonización de Marte y nuevas actividades económicas fuera de la Tierra. ARK la menciona, pero no la modeliza; sin embargo, si Starship cumple parte de su promesa, esa capa de opcionalidad deja de ser puramente filosófica.
El relato bajista: ejecución perfecta o castillo de naipes
La visión bajista tiene argumentos sólidos:
- Múltiplos de 100x ingresos futuros exigen una ejecución casi impecable durante muchos años.
- Starlink podría verse presionado por reguladores, gobiernos y competidores con agendas propias.
- Starship todavía está lejos de operar con la frecuencia y fiabilidad que exige la narrativa de “puente aéreo a Marte”. Cualquier accidente grave, retraso o cambio geopolítico puede pinchar parte del entusiasmo.
Desde esta óptica, 1,5 billones se parecen más a una apuesta sobre un relato optimista que a una valoración apoyada en flujos de caja previsibles.
El relato alcista: infraestructura del siglo XXI (en la Tierra y fuera)
El relato alcista, en cambio, mira a SpaceX como algo más que “la empresa de cohetes de Musk”. Ve a una compañía que, al mismo tiempo:
- Proporciona internet global de alta capacidad a prácticamente cualquier punto del planeta (Starlink).
- Está bien posicionada para capturar una parte relevante del cómputo espacial, si la curva energética de la IA obliga a buscar soluciones en órbita (Project Suncatcher, H100 en el espacio, etc.).
- Abre, con Starship, una vía creíble hacia una presencia humana permanente fuera de la Tierra.
En ese marco, el “TAM” deja de ser un sector concreto y se mezcla con la propia infraestructura de la civilización: comunicaciones, energía, exploración, defensa, economía digital. De ahí que Cathie Wood y su equipo se atrevan a proyectar retornos compuestos del 38% anual hasta 2030 en su escenario base (“ARK’s Expected Value For SpaceX In 2030: ~$2.5 Trillion Enterprise Value”).
¿Tiene sentido en una cartera a 20 años?
Nadie sabe si SpaceX “vale” 500.000 millones, 1,5 billones o 3 billones. Cualquiera que ponga una cifra muy precisa probablemente está jugando a adivinar con una hoja de Excel muy bonita.
Lo que sí empieza a estar claro es otra cosa: si estás construyendo una cartera con horizonte de 20 años y solo pudieras elegir una única empresa, el caso para SpaceX nunca había sido tan fuerte. No porque sea una apuesta segura —no lo es—, sino porque concentra como pocas el tipo de opcionalidad que define épocas.
Es posible que, dentro de un par de décadas, miremos atrás y veamos a SpaceX no como “la empresa de cohetes de Musk”, sino como:
- el operador dominante de comunicaciones orbitales,
- uno de los actores clave que ayudó a resolver la crisis energética de la IA,
- y el primer agente económico serio en la frontera multiplanetaria.
Si eso ocurre, la OPV de 2026 no se recordará como “la mayor de la historia”, sino como el momento en que el mercado empezó a poner precio —torpemente— a algo que, por definición, se le escapa: cuánto vale, en términos muy humanos, abrir una nueva capa de infraestructura… por encima de nuestras cabezas.
