Hay libros que te obligan a bajar una marcha. No porque sean densos, sino porque te enfrentan a una realidad que normalmente preferimos mirar de reojo. Biological War: A Scenario, de Annie Jacobsen, es uno de ellos. No es una novela distópica ni un informe técnico frío. Es un ejercicio de simulación muy bien documentado sobre cómo podría desencadenarse una guerra biológica en el mundo real, con los actores y las tecnologías que ya tenemos hoy sobre la mesa.

Cuando lo lees desde dentro de un proyecto como DevsHealth, la sensación cambia: deja de ser un “escenario hipotético” y se convierte en un recordatorio incómodo de la responsabilidad que implica trabajar con cierta tecnología, cierta capacidad y cierto conocimiento.
La biotecnología ya no es solo ciencia, es poder geoestratégico
El primer mensaje del libro es casi pedagógico: la biotecnología del siglo XXI ya no es un asunto de laboratorio, sino una pieza central de la estrategia de poder. Igual que la bomba atómica redibujó el mapa del siglo XX, la combinación de genética, biología sintética, datos masivos e inteligencia artificial está redefiniendo qué significa “capacidad militar” y “seguridad nacional”.
Jacobsen insiste en una idea incómoda pero clave: hemos llegado a un punto en el que la capacidad de manipular la biología va por delante de los marcos políticos, legales y éticos que deberían limitar sus riesgos.
Herramientas como CRISPR, la síntesis de ADN, los laboratorios automatizados o los modelos de IA que diseñan proteínas ya no son ciencia ficción. Son infraestructuras reales, distribuidas y, en muchos casos, en manos de actores muy diversos: estados, grandes corporaciones, startups y pequeños laboratorios con mucho talento y pocos controles.
La biología, que siempre habíamos asociado a hospitales, universidades y farmacéuticas, empieza a parecerse más a un nuevo “dominio estratégico”, al mismo nivel que el ciberespacio o el espacio exterior.
Cómo sería realmente una guerra biológica moderna
El libro construye un escenario en el que se desencadena un ataque biológico sofisticado contra un país. Lo interesante no es tanto el giro dramático como la forma de narrar la secuencia.
Una guerra biológica moderna no se parecería a nada de lo que normalmente entendemos por “guerra”. No habría explosiones ni tanques cruzando fronteras ni un “primer ataque” visible. Lo que veríamos serían síntomas dispersos, hospitales saturados, rumores, declaraciones contradictorias y una lucha desesperada por entender qué está pasando.
Durante semanas, quizá meses, las preguntas clave no serían solo “cómo lo detenemos”, sino también “qué es exactamente”, “de dónde ha salido” y “es natural o deliberado”. Esa ambigüedad no es un efecto colateral: es parte del arma.
La COVID-19 ya nos dio un anticipo de lo que significa gestionar una crisis biológica sin enemigo declarado. Ahora imagina lo mismo, pero con intencionalidad estratégica, un patógeno diseñado para ser difícil de rastrear y una campaña de desinformación en paralelo.
El objetivo ya no es solo matar: es desordenar sociedades
Jacobsen conecta muy bien la guerra biológica con la lógica de la guerra híbrida. El objetivo principal ya no es solo causar el máximo número de víctimas, sino desorganizar sociedades enteras.
El impacto real se reparte en varias capas que se alimentan entre sí.
En la capa sanitaria, los servicios de urgencias se desbordan, falta personal, se agotan medicamentos, aparecen dilemas de triaje y la sensación de control se desvanece.
En la capa económica, las fábricas cierran, se restringe la movilidad, el turismo se hunde, las exportaciones se frenan y las cadenas logísticas quedan tocadas.
En la capa social, se mezclan miedo, cansancio, teorías conspirativas y polarización política. Las redes sociales amplifican cada rumor, cada dato malinterpretado, cada sospecha.
Y en la capa política, los gobiernos toman decisiones con información incompleta: dudan entre decir toda la verdad y provocar pánico, o minimizar el problema y perder un tiempo que puede ser vital. Cualquier decisión es mala; unas lo son menos que otras.
Lo inquietante es que no hace falta imaginar demasiado: basta con retroceder unos años y extrapolar. La diferencia es que, en el escenario de Biological War, alguien ha diseñado esa situación de caos de forma deliberada.
La asimetría entre ataque y defensa en bioseguridad
Otro punto que el libro explica con claridad es la enorme asimetría entre ofensiva y defensiva en el terreno biológico.
El atacante elige el patógeno, el vector y el momento. La defensa tiene que averiguar qué está pasando, contenerlo, desarrollar diagnósticos, pruebas, vacunas o tratamientos, escalar la producción, organizar la logística y coordinarse con otros países. Todo esto mientras el reloj corre en su contra.
Desde DevsHealth vemos un fragmento de este problema desde el “lado optimista”: usamos IA y datos para acelerar el descubrimiento de nuevas moléculas y posibles tratamientos contra infecciones. Nuestra misión es, precisamente, ganarle tiempo a la biología.
Pero incluso desde ahí se ve el límite. Que puedas generar una hipótesis terapéutica en semanas no significa que puedas tener un medicamento listo en meses. El desarrollo clínico, la regulación y la fabricación a escala siguen teniendo tiempos propios.
La ofensiva biológica, en cambio, puede aprovecharse de que la ciencia y la industria van más despacio que la imaginación del atacante.
Decisiones humanas bajo presión: el verdadero cuello de botella
Jacobsen tiene la inteligencia de bajar la discusión del plano tecnológico al plano humano. En última instancia, no son los algoritmos ni los superordenadores quienes deciden si se cierra una frontera, si se aplica un tratado militar o si se decreta un estado de emergencia. Son personas.
El libro sitúa en primer plano a políticos, científicas, mandos militares y responsables de salud pública enfrentados a decisiones imposibles: decir la verdad y generar pánico, o minimizar el problema y perder un tiempo que nunca se recuperará; atribuir rápidamente el ataque y arriesgarse a equivocarse, o esperar pruebas sólidas asumiendo que el patógeno seguirá expandiéndose; mantener la economía abierta, o imponer restricciones draconianas con un coste social enorme.
Cuando trabajas en un proyecto como DevsHealth y hablas con virólogos, inmunólogos y médicos que han vivido pandemias en primera línea, entiendes que la ciencia no elimina la incertidumbre. Solo ayuda a describirla mejor. Y eso obliga a algo que la política suele odiar: reconocer lo que no sabes.
El libro funciona, en este sentido, como antídoto contra la falsa sensación de control tecnológico. La biología no obedece a los powerpoints.
Leer Biological War desde dentro de una startup biotech
La lectura cambia radicalmente cuando tu día a día está en la frontera entre IA, datos y agentes infecciosos. DevsHealth no trabaja con escenarios de guerra, sino con algo mucho más concreto: infecciones reales que están creciendo por cambio climático y globalización, como el dengue, el zika, la fiebre del Nilo o la peste porcina africana.
Usamos inteligencia artificial para explorar espacios químicos inmensos, predecir interacciones, priorizar compuestos y acelerar procesos que, en una farmacéutica tradicional, llevarían años. El objetivo es inequívoco: encontrar tratamientos útiles y hacerlo más rápido que los patógenos.
Pero el libro te obliga a verbalizar algo que en el sector se piensa poco y se dice aún menos: las mismas capacidades de modelado, predicción y diseño que permiten descubrir fármacos podrían, en manos equivocadas, servir para diseñar amenazas. El vector técnico es el mismo; lo que cambia es la intención y el marco de control.
Ahí la palabra “responsabilidad” deja de ser un tópico en la presentación corporativa y se convierte en el núcleo del proyecto.
Capacidad no es derecho: es responsabilidad
La consecuencia práctica de todo esto es bastante sencilla de enunciar y muy exigente de aplicar: no todo lo que se puede hacer se debe hacer.
En una empresa como DevsHealth esto se traduce en decisiones concretas. Ser selectivos con las líneas de investigación que se persiguen. Ser exigentes con las colaboraciones. Tratar los datos sensibles con una lógica de “mínimo acceso necesario”. Documentar procesos. Auditar internamente. Mantener una separación clara entre equipos. Asumir que existen cosas que, aunque sean técnicamente brillantes o comercialmente tentadoras, no merece la pena explorar si abren puertas que luego no puedes cerrar.
Todo esto consume tiempo y energía. Pero si de verdad crees que trabajas en algo cercano a “infraestructura crítica”, no es negociable. Y el libro de Jacobsen, leído desde dentro del ecosistema biotech, funciona como recordatorio constante de por qué merece la pena mantener ese listón alto.
Biología como dominio de poder y brecha entre países
Otra idea fuerte del libro es que la biología se ha convertido en un dominio de poder equiparable al ciberespacio o al espacio ultraterrestre.
Quien controla plataformas de secuenciación, capacidad de síntesis, datos de salud poblacional, fabricación de medicamentos y algoritmos de diseño molecular, tiene una palanca enorme sobre el futuro.
Esto implica una brecha creciente entre países y regiones. Los que consigan construir un ecosistema biotecnológico robusto podrán responder mejor a brotes, desarrollar soluciones propias y negociar de igual a igual con otros actores. El resto dependerá de la buena voluntad y de los intereses de quienes sí tienen la capacidad.
La “soberanía biotecnológica” dejará de ser un concepto abstracto en documentos estratégicos y se convertirá en un indicador muy real de vulnerabilidad o resiliencia.
El dilema central: entre lo que podemos hacer y lo que sabemos gestionar
Al final, Biological War pone palabras a un dilema que atraviesa toda la biotecnología moderna y la IA aplicada a la salud: la distancia creciente entre lo que podemos hacer y lo que somos capaces de gestionar responsablemente.
Podemos curar más rápido, pero también podemos hacer más daño más rápido.
Podemos detectar antes, pero también podemos ocultar mejor.
Podemos simular miles de escenarios de infección, pero también podemos diseñar patógenos que los esquiven.
Por eso la ética no puede quedar relegada a un comité decorativo que se reúne una vez al año. Tiene que formar parte de la arquitectura misma del sistema: protocolos, límites, trazabilidad, responsabilidades claras y capacidad real de parar proyectos cuando cruzan una línea roja.
La pregunta importante, al final, no es solo qué pasaría en una guerra biológica como la que describe Jacobsen. La pregunta es quién tendrá la capacidad de jugar en este terreno y bajo qué reglas. Qué laboratorios, qué empresas, qué gobiernos y qué equipos decidirán qué se hace —y qué no se hace— con la biología y la inteligencia artificial.
Proyectos como DevsHealth no son solo actores que aportan soluciones. También son una prueba de si es posible usar esa capacidad para proteger, no para desequilibrar. Demostrar que se puede ir rápido sin perder de vista algo tan básico como esto: la capacidad no te da la razón; te da responsabilidad.
En un mundo donde la biología ya es geoestrategia, la diferencia entre ser parte del problema o parte de la solución pasa mucho menos por la tecnología que tienes y mucho más por las líneas que decides no cruzar.
