
Hay libros que no convencen del todo pero que hacen una pregunta que vale la pena no descartar. La guerra por la energía, de Alberto Garzón, entra en esa categoría. El argumento central —que la energía ha pasado de ser un recurso implícito a convertirse en el eje de la competencia geopolítica y económica del siglo XXI— no es nuevo. Vaclav Smil lleva décadas insistiendo en lo mismo con más rigor técnico y menos carga ideológica. Pero el libro tiene la virtud de poner encima de la mesa algo que resulta incómodo precisamente porque llevábamos mucho tiempo sin mirarlo de frente: que hemos construido economías enteras sobre un supuesto que nunca explicitamos. El estrecho de Ormuz, en estas semanas, se ha encargado de hacerlo visible de golpe.
El supuesto es sencillo: que la energía sería abundante, barata y garantizada. No como política declarada, sino como trasfondo invisible de casi todas las decisiones que importan. Los modelos de negocio digitales. La expansión de la computación en la nube. El crecimiento de la inteligencia artificial. La cadena de suministro global optimizada al milímetro. Todo eso funciona bien —o funcionaba bien— en un mundo donde la energía no era una restricción real. Era casi un axioma.
La variable que no estábamos contando
El concepto que mejor captura lo que está cambiando no es la escasez de energía en sentido absoluto. Es el deterioro del rendimiento. Los economistas y geólogos que trabajan en estos temas utilizan una métrica llamada EROI —Energy Return on Investment, o retorno energético de la inversión—: cuánta energía obtienes por cada unidad de energía que inviertes en extraerla. Durante gran parte del siglo XX, ese ratio era extraordinariamente favorable. Por cada unidad invertida, el sistema devolvía ochenta, cien o más. Las economías industriales modernas se construyeron sobre esa base.
Ese ratio ha ido cayendo de forma sostenida. No de manera catastrófica, ni uniforme, ni irreversible en todos los casos. Pero la dirección es clara. Extraer energía cuesta más —en capital, en infraestructura, en tiempo— que hace cincuenta años. Y eso tiene consecuencias que no son inmediatamente visibles pero que se filtran por todas partes: en la inflación que no termina de ceder, en los márgenes que se comprimen sin que nadie identifique exactamente por qué, en el crecimiento que se vuelve más frágil y menos predecible.
Lo que durante años era una advertencia de economistas heterodoxos es hoy medible en facturas domésticas. El coste energético de entrenar y ejecutar modelos de inteligencia artificial a escala industrial ya no es una abstracción: es una variable que aparece en los balances de las empresas tecnológicas más grandes del mundo y, de forma creciente, en el precio que pagan los hogares por la electricidad. La IA no es solo un consumidor de energía — es el factor que ha hecho visible, de golpe, una tensión que estaba acumulándose desde hace décadas.
La dimensión geopolítica ya no requiere argumentación teórica: el estrecho de Ormuz lleva semanas funcionando como el termómetro más preciso del sistema. Una quinta parte del petróleo que se transporta en el mundo atraviesa ese corredor de cuarenta kilómetros de anchura. Cuando ese paso se interrumpe —por conflicto, por amenaza, por represalia— los precios del crudo se disparan, los mercados eléctricos europeos reaccionan en días, y países que creían haber diversificado su exposición energética descubren que la cadena tiene nudos que no habían mapeado. No es una crisis de Oriente Medio. Es una demostración en tiempo real de lo que significa depender de infraestructuras que no controlas y que pueden cambiar de estado en cuestión de horas. La invasión de Ucrania fue el primer aviso visible. Ormuz es el segundo, más nítido todavía.
Smil lo resumió hace años con una frase que no ha envejecido mal: las civilizaciones son, en el fondo, sistemas de conversión de energía. Cuando cambia la disponibilidad o el coste de esa energía, cambia todo lo demás. No de golpe. Gradualmente. Y esa gradualidad es, precisamente, lo que lo hace difícil de ver a tiempo.
Un cambio de régimen, no una crisis
Aquí es donde el análisis se vuelve más interesante —y más exigente— que el diagnóstico habitual. Porque la palabra “crisis” invita a pensar en algo temporal: una perturbación que tiene un principio, un pico y un final, después del cual el sistema vuelve a su estado anterior. Pero lo que está ocurriendo no encaja bien en ese marco.
Un cambio de régimen es otra cosa. Es cuando las condiciones de fondo se alteran de manera suficientemente profunda como para que los modelos que funcionaban en el régimen anterior dejen de ser fiables. No porque hayan sido mal diseñados, sino porque fueron diseñados para un mundo que ya no es el mismo. Las estrategias que optimizan bien en un entorno de abundancia energética barata no son necesariamente las que mejor funcionan en un entorno donde esa abundancia ya no es el punto de partida.
Una señal inequívoca de que el régimen ha cambiado es observar cómo reaccionan los actores con más capacidad de anticipación. En los últimos dos años, las grandes empresas tecnológicas han dejado de ser consumidoras pasivas de energía para convertirse en actores energéticos directos: están financiando el reinicio de reactores nucleares clausurados, firmando contratos a veinte años con desarrolladores de pequeños reactores modulares y construyendo infraestructura de generación propia junto a sus centros de datos. No lo hacen por ideología ni por imagen; lo hacen porque han calculado que el acceso garantizado a energía estable y densa es, a partir de ahora, una ventaja competitiva estructural. Quien no la tenga, queda fuera de la carrera. Esa respuesta —no la austeridad, sino la acumulación— es, en sí misma, la confirmación más elocuente de que el substrato ha cambiado.
Y el problema específico de los cambios de régimen es que no se anuncian. No hay una fecha, ni un comunicado, ni un umbral claro que cruce. Se entienden a posteriori, cuando alguien hace el ejercicio de mirar atrás y dice: “en aquel momento el suelo había cambiado, aunque no lo veíamos”. Los que se adaptan antes no son siempre los más inteligentes. Son los que tenían las preguntas correctas en el momento justo.
Tres preguntas para un mundo de restricciones
Nassim Taleb lleva años argumentando que la fragilidad no es ausencia de riesgo, sino ausencia de robustez frente a lo inesperado. Y que los sistemas optimizados para condiciones estables son, paradójicamente, los más vulnerables cuando esas condiciones cambian. La eficiencia y la optimalidad tienen un precio oculto: eliminan los márgenes, reducen la redundancia, aumentan la dependencia de que el entorno siga siendo el que era.
En un mundo donde la energía era barata y previsible, optimizar tenía mucho sentido. Reducir redundancias, externalizar, concentrar, escalar. Todo eso funciona bien cuando el substrato es estable. Pero si el substrato se mueve, lo que parecía una ventaja se convierte en exposición.
Esto no es un argumento contra el crecimiento ni contra la tecnología. Es una invitación a hacerse tres preguntas que, en el contexto anterior, apenas merecían atención.
La primera: ¿cuál es la intensidad energética real de tu modelo? No como declaración de sostenibilidad, sino como análisis de exposición. Los modelos de inteligencia artificial generativa, los centros de datos, la computación distribuida: todos tienen costes energéticos que crecen con la escala. Durante años eso apenas importaba porque la energía era barata. Si deja de serlo —o si el acceso a ella se vuelve asimétrico—, la economía de muchos de estos modelos cambia de forma no trivial.
La segunda: ¿dónde estás optimizado para un mundo que quizá ya no existe? No como crítica, sino como diagnóstico. Las cadenas de suministro globales, los modelos de negocio construidos sobre logística barata, las estructuras financieras que asumen estabilidad geopolítica como condición de fondo: todos fueron diseñados en un régimen energético que está cambiando. No desaparecerán de golpe. Pero la dirección del viento ha girado.
La tercera: ¿qué diferencia hay, en tu caso concreto, entre diversificar y ser realmente robusto? Diversificar es repartir el riesgo dentro del mismo régimen. La robustez es otra cosa: es la capacidad de mantener funcionalidad cuando las condiciones de fondo cambian. Son estrategias distintas y, a veces, se confunden.
Lo que el libro no resuelve —y tampoco tiene que resolver
La guerra por la energía propone soluciones que son más programáticas que ingenieriles. Más planificación, menos consumo, reorganización económica. Hay razones para ser escéptico respecto a la operatividad de esas propuestas, y el libro no las resuelve bien. La respuesta que el mundo real está dando al problema energético no se parece a lo que Garzón sugiere: se parece más a una carrera por asegurar acceso, no a una reducción ordenada del consumo. Pero eso, en cierto sentido, no invalida el diagnóstico. Un médico puede acertar en el diagnóstico y equivocarse en el tratamiento.
Lo que vale la pena conservar del libro —más allá del debate ideológico que inevitablemente rodea a su autor— es la incomodidad productiva que genera. La sensación de que hemos estado calculando sobre una base que dábamos por sentada sin haberla examinado nunca. Que el sistema económico no está limitado únicamente por capital o por talento, sino también por energía disponible a un coste que permita que las cosas tengan sentido.
Eso cambia el tablero. No lo destruye. Lo cambia. Y cambiar el tablero exige, antes que nada, saber qué tablero se estaba jugando hasta ahora.
