Tecnología o adoptar un funcionario

Sé que es un tema recurrente y reiterativo en tiempos de crisis. Casi aburre hablar, de ello pero cuando ayer leí (vía Andreu Veà) el artículo “Cada empleado paga 4.500 euros por los funcionarios” se me removieron las tripas.

El artículo de Expansión tiene un sesgo claro hacia una determinada idea de estado. Cuando conviene habla del total de la administración, y cuando no conviene, se refiere sólo a la administración autonómica. Hacer comparaciones es peligroso, pero cuando se compara parcialmente, le falta objetividad y sus argumentos son torciteros y tendenciosos.

Igualmente sería un topicazo referirme al empleado público como un ser esencialmente vago y un parásito social. Eso es falso e injusto, conozco algunos que son muy competentes y creen en lo que hacen.

A pesar del sarcasmo no deberíamos desenfocarnos de la cuestión fundamental -como comentaba Javi Creus – “Quizás ha llegado el momento de exigir más a nuestras instituciones públicas: que consuman menos y que creen mas valor para todos”.

Y ya que tenemos tecnología y es accesible para todos, se debería emplear de forma más intensa hasta el extremo que apunta Creus de “las administraciones deberían liderar la aplicación de tecnologías de gestión en sus competencias (educación, sanidad, justicia,…)» y lo concreta cuatro grandes ejes

1) Desarrollar un know how nacional sobre estos temas, contribuyendo al desarrollo profesional y empresarial

2) Extender el uso de las tecnologias a los ciudadanos usuarios, contribuyendo al avance social

3) Proveer de infraestructuras a todo el territorio, contribuyendo a la formación de capital

4) Dotar de formación puntera al cuerpo de funcionarios, de modo que cuando a causa de la nueva eficiencia conseguida deba ajustar plantilla, los salientes gocen de conocimientos demandados para la consecución de nuevos empleos.

Sé que la tecnología no resolverá el problema endémico de nuestras administraciones. La cuestión adolece de voluntad política. Si en un periodo de recesión seguimos sin atajar este despropósito, sea cual sea el color político, es que el problema son los políticos.

El sistema no es perfecto, pero se empeora con su miopía inversora (tecnología vs arreglar la plaza mayor), con la cobardía electoralista de los partidos y su clientelismo.

Mientras ZP no se crea lo que dice (“más ordenadores y menos ladrillos”), seguiremos apadrinando generosamente a nuestros funcionarios.

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